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Fracaso ¿escolar?
Desde hace unos años,
periódicamente, los medios se hacen eco en grandes
titulares de estadísticas, cifras, porcentajes sobre
los chicos y chicas que no consiguen alcanzar el
nivel de rendimiento medio para su edad en la
escuela o en el instituto. Estamos refiriéndonos,
por lo tanto, a resultados académicos, a
calificaciones, o lo que es lo mismo, a suspensos,
en terminología más popular. También hablamos de
jóvenes que abandonan la enseñanza obligatoria sin
la titulación idónea para su edad, es decir,
aquellos que no obtienen el título académico mínimo
en el final de la Educación Secundaria Obligatoria (ESO),
nada menos que después de cursar diez cursos
escolares, y a quienes calificamos, sin rubor, como
personas “fracasadas”.
Sí miramos las cifras,
efectivamente, un 29% del alumnado no supera la
Primaria, un 35% la Secundaria Obligatoria, el 48%
el Bachillerato y el 50% la Universidad. Lo primero
que llama la atención es que a medida que ascendemos
en el sistema educativo los niveles de “fracaso”
aumentan considerablemente aunque tendemos a
centrarnos, sólo, en la enseñanza obligatoria. En
cualquier caso, los datos, todos ellos, sin duda
alguna, son preocupantes, superan notablemente el
promedio de UE. Por lo tanto, tenemos un problema, y
cuando digo tenemos no me estoy refiriendo
sólo al profesorado sino a toda la comunidad
educativa y a la sociedad.
Como poder verse, no soy
partidario del concepto “fracaso escolar”
pues, aparte de las connotaciones negativas que
tiene, dado que identifica alumnos y alumnas sin
titulación con personas hundidas, malogradas..., se
circunscribe -además- únicamente al ámbito interno
de la escuela. De alguna manera se está indicando
que la responsabilidad principal de esta realidad
negativa está dentro de los muros escolares, es
decir, en el profesorado y en el alumnado, maestros
que no dan la talla y jóvenes que pasan. Pienso que
esta es la lectura más común entre la opinión
pública no especializada. Y tendemos, además, a
identificar reiteradamente los datos negativos con
la escuela pública. Nada más injusto. Parece como
que cualquier ocasión es buena para arremeter contra
la escuela de todos y de todas.
Sí preguntamos a los
profesores y profesoras, a los equipos directivos,
probablemente insistan en que el problema tiene más
que ver con las familias, con la superprotección y
el consentimiento, con la falta de dedicación, con
la cultura del mínimo esfuerzo, con las
desestructuraciones y las carencias. Sin embargo,
como en casi todos los temas, las causas del
fracaso, le llamaremos mejor social, no son
simples ni unidireccionales. Unas, efectivamente,
tienen que ver con el alumnado y con el profesorado,
están dentro, lógicamente, otras fuera (familias),
en el sistema educativo (administraciones) y también,
como no, tiene que ver con factores socioeconómicos,
históricos y culturales.
Entre las primeras podemos
citar que existen trastornos en el aprendizaje y
también emocionales, aquí y en todas partes,
dislexia, hiperactividad, déficits de atención,
retrasos, depresión, baja autoestima, ansiedad...
que no podemos obviar. Otras causas tienen que ver
con la irregularidad en la escolarización, con los
constantes traslados de centro, con el absentismo. Y
también con la sobrecarga de contenidos, con unos
currículos inadecuados, con la masificación en
algunos casos, con las carencias formativas del
profesorado, la ausencia o escasez de prácticas de
los futuros profesores y profesoras, la falta de
atención individualizada y a la diversidad,
metodologías anacrónicas...
Existen, como no, causas de
carácter extraescolar: una muy limitada implicación
familiar y mínima participación en la gestión y en
el seguimiento, la atracción del salario fácil que
promovió la burbuja inmobiliaria entre el alumnado,
hoy en paro, la presencia de muchos chicos y chicas
inmigrantes con niveles académicos más bajos, con
grandes dificultades de comprensión lingüística y
lectora... Y por último, no debemos olvidar que
arrastramos presupuestos educativos mucho más bajos
que nuestros vecinos de la UE, sin llegar al 4% del
PIB, cuando el promedio europeo supera el 6% desde
hace muchos años.
Conviene destacar un dato
relevante como es que el fracaso es mayor en los
varones que en las chicas. Son ellas las que
consiguen los mejores resultados. Son ellos los que
abandonan antes el sistema educativo, un dato que
establece una relación directa entre el fracaso y el
género muy preocupante, que apunta en la idea de
que, para ellos, la educación no es el mejor ni el
más rápido medio de progreso social.
Mas a la hora de buscar
soluciones a este problema social,
tendríamos que diferenciar las políticas educativas
internas al propio sistema escolar, que tienen que
ver con incrementar los recursos, con la mejora de
las metodologías didácticas, con la formación del
profesorado, la inicial y la permanente, con una
mejor atención a la diversidad, con el clima
escolar, con las ratios, con los refuerzos, etc. y
que dependen, mucho, de los presupuestos, como
cualquiera puede imaginar, mas también con la
dignificación de la profesión docente, con la
ilusión, con el compromiso y la exigencia, con la
evaluación. Por cierto, el saqueo a las nóminas en
la extra de Navidad, desde luego, no ayuda (más de
600€) ademáis del recorte salarial mensual como a
todo el funcionariado...
Y aquellas otras medidas de
carácter más social en la búsqueda de una mayor
implicación de padres y madres en la educación y en
la gestión, de los servicios sociales de los
ayuntamientos, etc. también están relacionadas con
la inversión en educación. Esa es la clave. Todo lo
demás es hablar por hablar...
Autor:
Manuel Dios Diz
es maestro, profesor de instituto, licenciado en
Geografía y Historia por la USC. Preside el
Seminario Gallego de Educación para la Paz(Fundación
Cultura de Paz)
Publicado el 3 de
febrero de 2011
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