Sobre la violencia escolar
VÍCTIMAS INVISIBLES
Que
Jokin acabase conscientemente con su vida, a la edad de tan sólo catorce
años, es una realidad que debe preocuparnos. Que además éste no sea un
caso aislado de acoso y que la violencia entre menores en las aulas sea
un fenómeno que empieza a acusarse en España, debería alertarnos aún más
y obligarnos a replantear seriamente la educación de nuestros hijos.
Todos hemos
visto alguna vez en un telediario o tenido noticia por cualquier medio,
que los adolescentes americanos, ya sea por la teoría –para algunos
simplista, para otros fuente directa de violencia- de la mala influencia
que ejercen programas de televisión, videojuegos, etcétera, o porque el
día menos pensado se levantan fielmente convencidos de que el mundo
avanza contra ellos y sienten unas irrefrenables ansias de venganza,
tienen una facilidad innata para apropiarse del rifle de papá y entrar
en sus institutos haciendo prácticas de tiro al blanco. En fin, todos lo
hemos visto y no hace falta mencionar la sensación de incredulidad que
produce un acto de enajenación como ése. Pensábamos entonces que los
yanquis vivían en una sociedad poco segura, permisiva y fanática, lo que
daba lugar a masacres de ese tipo. Y no sólo los americanos, el mundo
“estaba loco” y nuestro país era el último reducto de paz juvenil que
quedaba.
Pues sin ánimo
de ser fatalistas, y creyendo aún estar muy lejos de episodios como el
de Columbine, o el del Instituto Red Lake en Minnesota, la situación de
los escolares y, en general, adolescentes españoles, necesita de una
vigilancia que no puede permitirse descuidos. El control exige un
análisis, primero de causas, segundo de estrategias. Y no plantearse
como un control desde una acepción totalmente coercitiva. Control como
educación, como escucha y atención, como motivación.
Da igual creer
o no en la maldad de la persona, el ser humano actúa por unos impulsos
que se generan por unos motivos, y ahí está la clave, en atajar el dolor
del niño, el hastío, su inseguridad. Jokin fue víctima de sus compañeros
de clase. Sus burlas, continuas vejaciones e incluso agresiones físicas
le causaron un dolor que creyó irreparable y que quizás agudizó su
timidez, su introversión, su estado depresivo. Era un niño con problemas
y nadie supo verlo. A pesar de la señal luminosa que indicaba su
tristeza y su angustia y que ahora, después de su muerte, se ve tan
clara y alarmante. Por eso, mirando a un futuro muy próximo, no podemos
permitirnos que algo así se repita. Para ello están los profesionales,
educadores, psicólogos y, sobretodo, la familia, que, en teoría, debería
saber interpretar cualquier gesto del menor y cuando está pidiendo
ayuda. Porque la piden, porque a nadie le gusta sufrir y todos, como
podemos, intentamos zafarnos de ese mal.
Y las
consecuencias son éstas; familias destrozadas, menores cumpliendo
sentencias que intentan reencauzar sus vidas pero que las marcarán por
siempre, incomprensión, distanciamiento, enfrentamiento. Jokin ya no
sufre. Su familia ha recogido su desagradable legado y dan la cara por
él. En los tribunales y las manifestaciones, ellos y mucha gente más que
se suma a la causa, reclaman justicia. Pero es tan difícil saber donde
radica la justicia en casos como éste.
Dieciocho
meses de libertad vigilada por delito contra la integridad moral para
los ocho menores implicados en el caso. Cuatro de ellos acusados,
además, de falta de lesiones y consignados a ser recluidos tres fines de
semana en un centro educativo. Una condena que no ha caído muy bien
entre los familiares y amigos de Jokin y que los adolescentes cumplirán
pensando, probablemente, que en ningún momento desearon un final tan
trágico para nadie.
NEREA BASTERRA GONZÁLEZ
ESTUDIANTE DE PERIODISMO
Madrid, Mayo de 2005
ENVIAR ESTE ARTÍCULO A UN AMIGO
LEER OTRAS OPINIONES ANTERIORES
RELACIÓN DE ARTÍCULOS PUBLICADOS EN
EDUCASITES.NET
LEER EL ÚLTIMO ARTÍCULO PUBLICADO
ENVIAR ARTÍCULOS DE OPINIÓN PARA
SU PUBLICACIÓN EN EDUCASITES.NET
EDUCAsites.net no
se identifica necesariamente con el contenido de los artículos de opinión
firmados por sus autores.