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La imagen correcta de un país.

China celebra estos días los Juegos Olímpicos entre desconfianzas, críticas, farsas y destapes. Hace poco supimos que la mayor parte de lo
fuegos artificiales con los que nos asombraron durante la ceremonia de apertura estaban creados por ordenador. El último fraude nos ha dejado
algo más atónitos. La pequeña Lin Miaoke, de nueve años, encargada de representar la "Oda a la madre patria" delante de miles de millones de
espectadores el día de la inauguración de las Olimpiadas, ha resultado ser también la protagonista de un nuevo escándalo. Y es que la dulce
Lin hacía playback, y la voz que escuchábamos en nuestros televisores era la de otra niña china de siete años llamada Yang Peiyi. El
responsable de este intercambio de niñas no es otro que el astuto director musical de la ceremonia, Cheng Qigang, que no sólo se ha cubierto
de gloria con el espectáculo sino que ha tenido la poca vergüenza de justificarse ante los medios argumentando que todo se debió a la sana
intención de transmitir al mundo una imagen correcta de su país. El interés nacional, como él ha dicho, pasaba por enfocar a una niña de
dientes alineados y peso perfecto que, enfundada en un encantador vestido rojo, encandilara a la historia, rechazando así la imagen de Yang,
algo más gordita y de dientes totalmente humanos.

Esta forma de manipulación en la que se prima el aspecto físico al talento original y que algunos pueden calificar como otra pincelada más
sin importancia de un puro y simple espectáculo de masas, no desentona tanto con la verdadera imagen del Gobierno chino. Está en sintonía,
por ejemplo, con la forma de tratar a los llamados mingong, los 200 millones de mujeres y hombres llegados del campo que, sometidos a
sobreexplotación y sin recibir salario alguno, han sido los artífices de los estadios y carreteras que ahora posibilitan la celebración de
los Juegos Olímpicos. El gobierno chino se deshizo otra vez de ellos expulsándolos antes de las Olimpiadas. Es de imaginar que no eran la
imagen correcta del país.

Pero los obreros no son lo único que intentan encubrir en Pekín. Los Juegos Olímpicos han provocado una limpieza de cara absurda consistente
en hacer desaparecer como por arte de magia el perro de los menús, los mendigos de las calles y los diez millones de prostitutas, que hasta
ahora salían bien rentables y no tenían vetada la entrada a ningún sitio en China, de los bares y restaurantes.

Tapar, mentir y esconder no es fácil. El mundo entero está viendo los resultados. Queremos cambios reales, una comunidad internacional que se
manifieste, que recuerde la importancia de proteger los derechos humanos en este país. Y es que la mayor farsa de todas a las que asistimos
estos días es el propósito por parte del Gobierno chino de mostrar una imagen de modernidad que haga prosperar al país tras la celebración de
las Olimpiadas. Sabemos que en cuanto se otorguen todas las medallas de oro, se despidan todas las delegaciones y las puertas de China
vuelvan a cerrarse a la miseria, las niñas serán otra vez como Yang, los vagabundos volverán a dormitar las calles y las prostitutas
procedentes de Birmania o Mongolia se harán de nuevo un sitio en sus peluquerías.



 

 

 

 

Nerea Basterra González
Periodista
 Coordinadora de Redacción de Educasites.net
Barcelona,
13-08-08

 

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