¿AUCTORITAS O
POTESTAS ?
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En relación con el debate sobre la
autoridad del profesorado
Manuel Dios Diz
Resulta imposible resumir en un artículo todo lo que
suscita un debate sobre la autoridad del profesorado
que, por lo demás, no es nuevo. Habría que
enmarcarlo en una reflexión más global sobre la
sociedad, sobre el fracaso (social y escolar), sobre
el rol que jugamos cada quien, y de manera más
particular, sobre la propia comunidad educativa que
ya no se circunscribe a los padres y a las madres, a
los docentes y al alumnado, porque hoy, como
sabemos, existen nuevos agentes, algunos muy activos
y poderosos, en la transmisión de valores (positivos
o negativos) como son, por ejemplo, los iguales, los
media o la publicidad. Con todo aportaré alguna
reflexión.
La escuela, el instituto que conocemos y recordamos
los adultos, digamos de mediana edad, muy poco tiene
que ver con los actuales. Basta escuchar los
comentarios de algunas personalidades públicas en
estos días para enterarse de lo lejos que están de
la realidad educativa actual. Entre otras cosas,
porque la sociedad cambió extraordinariamente y de
manera muy rápida, como nosotros mismos, y porque
ahora van al instituto todos los alumnos y alumnas,
no una minoría seleccionada, como en otras épocas.
Hablamos de la totalidad de los chicos y chicas en
edad escolar, es decir, de los que quieren estudiar,
de los que valoran el esfuerzo y el saber, de los
que provienen de ambientes económicos y culturales
acomodados, y de aquellos que viven en familias
desestructuradas, junto con los que objetan, los que
asisten por obligación, los que arrastran carencias
relevantes (afectivas, económicas, culturales...), y
los superprotegidos, los de la llave, los
emperadores, los amos, los que viven la violencia
(de género y otras) como modelos, los hiperactivos,
los que tienen dificultades, los que detestan de la
imagen que la escuela les devuelve de sí mismos...
todos y todas sin excepción, especialmente en la
escuela pública. Esto, simplemente esto, cambió por
completo los colegios y los institutos. Y muchas
personas siguen sin comprenderlo, mucho menos
asumirlo.
Sí algo compartimos es que no debemos legislar a
golpe de titular ni tampoco en función de la alarma
social generada. No parece lo más sensato. La
educación maneja (o debe manejar) tiempos muy
distintos de los que utiliza el periodismo o la
política. El profesorado trabaja con personas
concretas, con ritmos y necesidades distintas, no en
función de intereses económicos, mercados, ventas,
beneficios, audiencias... o votos. Por eso el tiempo
educativo no tiene nada que ver con la fugacidad del
tiempo televisivo, radiofónico o electoral.
Analizar la situación, conocer lo que sucede en el
sistema educativo, hacer un buen diagnóstico,
resulta imprescindible para encontrar vías de mejora
de la calidad, de la convivencia, de los resultados
académicos, del clima escolar. Y esto no tiene nada
que ver con las ocurrencias, ni con el alarmismo, ni
tampoco con el pensamiento maniqueo, con el blanco y
el negro, el todo o el nada, tan frecuente en los
titulares y en las declaraciones. La educación
significa aprender a dirigir con sentido a propia
vida, en palabras de D. Francisco Giner de los
Ríos, e implica no solo información sino también
conocimiento, contraste, reflexión, elaboración...
en definitiva, huir del pensamiento maniqueo, de la
simplicidad, de las recetas mágicas, de las causas
únicas, de las ocurrencias, diga quien las diga. Y
por eso resulta tan frustrante, tan difícil, querer
matizar, especialmente, en los medios de
comunicación, porque en muchas ocasiones, un titular
repetido mil y una veces, a todas horas, en todas
las cadenas, desbarata miles de esfuerzos porque, al
final, lo que escuchamos es el enorme estruendo del
árbol que cae mientras que ignoramos el sonido de la
hierba que crece cada día... las malas noticias son
las únicas noticias y esto nos da una visión parcial
o falseada de la realidad.
No podemos solventar los temas a golpe de frase
ingeniosa, creernos de verdad que la conflictividad
escolar puede resolverse con tarimas, recuperando el
tratamiento de usted, o con galones más o menos
llamativos impuestos por la autoridad política de
turno. Las cosas, por desgracia, no son tan simples,
y ellos lo saben.
Además, no es verdad que la gran mayoría del
profesorado no tenga autoridad o que decline de ella.
Tampoco que el alumnado en general no respete a sus
profesores, que sea violento o borracho,
inconsciente o irresponsable como tantas veces se
reitera. O que las madres y los padres pasen de la
educación de sus hijos e hijas. Y que los institutos
sean territorio comanche. No es cierto. Nada
más lejos de la realidad. Tenemos que huir de las
generalizaciones, de las atribuciones globales de
responsabilidad, de confundir una parte con el todo,
por muy llamativo que sea, y analizar con detalle lo
que sucede, con rigor, sin perjuicios, distinguiendo
la paja del grano, identificando bien los problemas,
asumiendo que todos y todas tenemos porciones de
razón y de culpa, y debemos ser parte de la
solución.
No podemos seguir trasladando a los demás las causas
de los males que percibimos en el sistema educativo,
que sí los padres, que sí los profes, que sí los
chavales, que sí la administración, que sí los media...
no basta con repetir que para educar a un niño
hace falta a tribu entera, sino creerlo de
verdad y obrar en consecuencia. Y tenemos
instrumentos para hacerlo. Mejorables, sin duda.
Existen, desde hace años, en todo el Estado, en las
CC.AA, planes integrales de mejora de la convivencia
escolar, observatorios, protocolos, departamentos de
orientación, equipos de mediación y tratamiento de
conflictos... lo que sorprende es que esta realidad,
la mayoritaria convivencia escolar en los miles de
centros educativos, no resulte visible, atractiva,
interesante, reconocible, evaluable. Esto provoca
grandes dosis de frustración en los educadores y en
las educadoras, en las miles de personas que se
esfuerzan cada día, a pié de aula, por mejorar el
clima escolar, por ilusionar a su alumnado, por
hacerles ver que la educación, la cultura, el
trabajo bien hecho, son útiles, contra todo el
ambiente social y los mensajes constantes que
reciben, adiario, en sentido contrario, la fama, el
éxito, el minuto de gloria, el triunfo sin esfuerzo,
el dinero a manos llenas, y modelos y referentes tan
edificantes como Belén Esteban o la Campanario...
mañana y tarde, a todas horas...
El ministro Angel Gabilondo, con una trayectoria
profesional dedicada a la reflexión filosófica, a la
metafísica, está muy lejos, a mi parecer, del
pensamiento maniqueo, de las soluciones mágicas, de
las ocurrencias, y quiere, como tantos docentes, un
pacto de estado por la educación, qué hermosa
utopía, apelando a la tribu entera para cambiar
nuestro sistema educativo que, como no, necesita
mejorar, y quiere hacerlo con todas las manos, con
acuerdos, con diálogo, con consenso, pero
probablemente fracase, porque los tiempos educativos
no son los políticos y las grandes necesidades
significan también grandes recursos, y en épocas de
crisis, ya se sabe, lo más efectista resulta sacarse
una gorra de la manga e imponer la autoridad por ley.
Con mucha frecuencia confundimos la auctoritas
con la potestas que tan bien distinguían los
romanos. La primera tiene que ver con la autoridad
moral que tenemos que ganar cada día con nuestra
profesionalidad, con el buen ejemplo, con el respeto,
con la dedicación, con el cariño, con los afectos y
los sentimientos, con la persuasión y la convicción,
con el diálogo, con la comunicación, con generosidad,
con nuestros conocimientos, experiencia,
comportamientos y conductas, sabiendo y preparando
la materia... esta ascendencia moral no se compra en
el supermercado, ni se compra ni se vende, se
aprende y se construye cada día, con mucho esfuerzo,
con ilusión, con vocación, con amor por este hermoso
oficio, el de enseñar, aprender y compartir cultura,
saber y sabiduría... mientras que la potestas,
por lo contrario, consiste en un conjunto de
facultades públicas que son otorgadas, desde fuera,
a una persona de acuerdo con unas formalidades bien
definidas, se trata de un poder que no emana de la
condición personal del titular, sino que está
relacionada con la fuerza y la imposición
coercitiva, con aquello que Maquiavelo decía: el
príncipe debe infundir temor e imponerse por la
fuerza de la espada... por eso, el debate sobre
la autoridad debiera de ser moral, ético,
profesional, humanista, educativo..., no simplemente
administrativo o jurídico, ni vengativo, la
revancha del ‘68, en palabras de Sarkozy, o de
tantos y tantas que añoran un pasado que ya está
escrito...
Sinceramente estoy convencido de que la mayoría del
profesorado tiene autoridad suficiente, capacidad de
persuadir y de convencer, auctoritas. Y el
sistema educativo, como el jurídico, la fiscalía,
cuenta con legislación y sentencias que protegen y
respaldan al profesorado. Los propios centros
escolares tienen, además, recursos y mecanismos
variados, planes, equipos, protocolos que permiten
resolver los conflictos razonablemente bien, sin
caer en el victimismo, por lo que no necesita
invertirse de potestas pública, mejor dicho,
que alguien externo al propio sistema la imponga,
porque, entre otras cosas, sin auctoritas no
hay potestas por mucho que alguien se empeñe
en convertirnos en agentes de la autoridad
pública... las cosas son mucho más complejas.
Por cierto, en muchos centros educativos hay
docentes sin autoridad moral. Todos lo sabemos.
Algunos reciben mucho más respeto de su alumnado del
que merecen. Es un decir. Como existen padres y
madres con muy poca ascendencia sobre su prole. Y
médicos incompetentes, y periodistas, y maestros...
lo que tiene que ver con la formación inicial y
permanente, con el acceso, con desempeñar o no el
oficio que se quiere, que se ama... pero esto
merecería otro artículo.
Una pregunta impertinente: ¿como padres y madres,
como abuelos y abuelas, como tutores y tutoras, como
políticos, como...
tenemos auctoritas ??, nos la
ganamos cada día con nuestros comportamientos y
conductas ?, o habría que imponérnosla también por
ley ?? ...
Autor:
Manuel Dios Diz
preside el Seminario Galego de Educación para a Paz
y dirige la Fundación Cultura de Paz en Galicia. Es
miembro del Observatorio Galego da Convivencia
Escolar.
Publicado el 13-10-09
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