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LA DISCRIMINACIÓN DE LA MUJER EN LA HISTORIA.

 

La discriminación o la violencia contra la mujer no son fenómenos propios de nuestra época ni exclusivos de determinadas culturas; es un anómalo conjunto de conductas que se producen en el género humano desde tiempos tan pretéritos como lugares o ámbitos tan universales. Muchas mujeres han sufrido, y sufren en la actualidad, una tangible diferencia en cuanto roles, funciones, obligaciones y derechos respecto al hombre, sometidas a cierta discriminación que limita o anula su independencia y autonomía; en pocas palabras, padecen un permanente atentado tanto contra su propia Personalidad como contra su Dignidad y, esto ocurre, en medio de una silenciosa complicidad de la que todos, en mayor o menor grado formamos, parte.

Nos hallamos ante una violencia estructurada, previsible y evitable, al tiempo que arraigada y tolerada por un sistema patriarcal, uno de cuyos elementos y objetivos es, precisamente, el de mantener a la mujer en una patente situación de privación de derechos y expectativas dentro de su entorno social. Insisto en que se trata de una violencia calculada e, incluso, propiciada por el sistema patriarcal. En definitiva, las mujeres víctimas de mutilaciones genitales, violaciones, malos tratos, agresiones psicológicas y económicas o, también, las miles de asesinadas, recuerdan a nuestras sociedades una causa pendiente en la historia de la convivencia humana, el reconocimiento efectivo de la Libertad, Dignidad, Igualdad y Personalidad respecto a una mitad del género humano. Va siendo hora de poner fin a esta situación que, además, perjudica notablemente la adecuada prosperidad y evolución de todos los humanos, sin diferencia de sexos.

 La arqueóloga española Sra. Jesús de Pedro[1], conservadora del Museo de Prehistoria de Valencia, analizó tres cráneos de mujeres, hallados en España y datados en la Edad del Cobre (hacia el año 3000 antes de Cristo), que indican que fueron víctimas de similares y simultáneas agresiones que “…les causaron la muerte…” ya que las tres presentaban fisuras óseas procedentes de heridas sin cerrar que, difícilmente, otro animal que no fuera un humano les hubiera podido causar. A este respecto, no podemos olvidar que, en aquel tiempo, el uso y dominio de las armas estaba reservado a los machos del género humano y que el hombre y la mujer de esa época se estructuraban ya en una sociedad de cazadores, pescadores y recolectores/agricultores en la que los papeles estaban claramente distribuidos;

a)     las mujeres se ocupaban de la reproducción, criaban a los hijos y cuidaban de los enfermos y, por su parte,

b)     los varones efectuaban labores referidas a la caza y la pesca.

Dejemos aparte, por ahora, datos prehistóricos y dediquemos unas líneas a lo que significa “el patriarcado” como sistema social y su íntima relación con la violencia contra las mujeres. Según cualquier enciclopedia por patriarcado se entiende la estructura social en la que el varón ejerce la autoridad en casi todos los ámbitos esenciales de la comunidad a la vez que la transmisión del poder se efectúa por línea masculina o patrilineal. En sociología se identifica como la forma de familia centrada en el pa­dre o marido, al cual corresponde la autoridad, y al que va ligada la transmisión (patrilinealismo) y el lugar de residencia (patrilocalismo). Su origen, probablemente, se remonta a la aparición de la agricultura y de la propiedad privada, que configuraron formas sociales más complejas, en las que las actividades de poder, bélicas, económicas y sociales, pasaron a ser competencia casi exclusiva del varón. La organización patriarcal se caracteriza, entre otras cuestiones;

a)     por la existencia de numerosas familias tuteladas por un varón, habitualmente el de más edad,

b)    la posición secundaria y subordinada de la mujer,

c)     la transmisión por línea masculina de bienes materiales y privilegios sociales o patrilinaje,

d)    una concepción generalizada de inferioridad del sexo femenino y

e)     cierta frecuencia de actos relativos a violencia contra las mujeres, generalmente permitidos por la comunidad y, en ocasiones,

f)      por la existencia de familias poligámicas.

Se puede apreciar la rotundidad del dominio masculino del sistema patriarcal en el siguiente gráfico que viene a relacionar la residencia que adopta la familia patrilineal o matrilineal que, respectivamente, se traducirá en un sistema patriarcal o matriarcal:

RELACIÓN ENTRE RESIDENCIA POS MARITAL Y FILIACIÓN

Tipo de filiación

Matrilocal

Avunculocal

Patrilocal

Otras

Totales

Patrilineal

1 (0,13%)

0

563 (74,87%)

25 (3,32%)

588 (78,32%)

Matrilineal

53 (7,05%)

62 (8,24%)

30 (3,99%)

19 (2,52%)

164 (21,68%)

 

Si bien, sin duda alguna, el Patriarcado se configurará como forma de la estructura social, ya exclusiva e inapelable, durante la Edad Media (siglos Vº al XVº) con la consolidación de las religiones judío-cristiana en occidente y budista o animista en oriente o en Egipto anteriormente, no olvidemos que los derechos de las mujeres y sus papeles sociales han variado a través de la historia.

Así, en el antiguo Egipto, aparentemente, las mujeres tenían similares derechos económicos y legales que los hombres y, llegaban a ser vistas como heroínas en la cultura egipcia, según opinión de Meter Piccione, profesor de la Northwestern University. A la mente nos viene los nombres de Cleopatra (69ac-30ac), la médico Peseshet (sobre el 2500 ac), divinidades como Isis, Heket, Hathor o el hecho de que algunos faraones ptolemaicos acostumbraran a desposarse con sus hermanas y otros muchos gobernaran, conjuntamente, con sus esposas; además, se sabe con certeza, que el divorcio era una institución plenamente admitida entre los antiguos egipcios. En sentido inverso, no hay ninguna duda de la desigualdad entre hombres y mujer en la milenaria China donde el valor de uno y otro sexo era, y es, abismal, para acreditar esto bastará con reproducir el inicio de un antiguo poema chino que dice; “… ¡Qué triste es ser una mujer! / Nada en la tierra es considerado de menor valor...”.

Entre los siglo XIº y IIº antes de Cristo encontramos que, con absoluta naturalidad, principalmente en la literatura griega[2], aparecen comportamientos violentos, vejatorios o discriminatorios hacia la mujer como norma de comportamiento tan habitual como impune. Por ejemplo, podemos leer, en el Canto I de la Ilíada, que Zeus acostumbraba a apalear a su esposa Hera, hecho contado por Hefesto, el hijo de ambos, el cual se declara incapaz de defenderla, ya que, en cierta ocasión en que lo hizo, fue arrojado del Olimpo por su padre, el maltratador Zeus, que lo agarró por los pies y lo estrelló contra la tierra, quedando cojo para siempre.

Más adelante, entre el sigo Iº ac y el siglo Vº dc., en la cultura romana occidental, las ciudades eran lugares en donde sus habitantes tenían el derecho de participar en las actividades políticas en pie de igualdad. Este estatus de ciudadano exclusivamente lo detentaban aquellos que poseían un patrimonio doméstico, es decir, el derecho de disponer sobre esclavos, mujeres y bienes materiales. Significa esto que, exclusivamente, los que adquirían el estatus de ciudadanos disfrutaban de las libertades políticas, de la igualdad ante la ley, de la gestión de la administración y la justicia y eran sujetos activos del Derecho, con la posibilidad de intervenir en deliberaciones y Tribunales, quedando, tan sólo, sometidos a las normas de las leyes constitutivas o del derecho público. En resumen, una estructura tan ordenada como los criterios bélicos o culturales del Imperio Romano, pero resulta que la mujer, durante toda su vida, se hallaba bajo la “potestas” del varón; primero su padre y más tarde su esposo. O, dicho en otros términos, la mujer nunca era ciudadana y, consecuentemente, quedaba descartada para participar en cualquier actividad pública, que se constituía en ámbito, exclusivamente, masculino. Muy similares concepciones dominaron la estructura del Imperio Bizantino, prolongación del Imperio Romano en su territorio más oriental y que perduró hasta el siglo XV de nuestra era, con capital en una misma sede que adquirió tres nombres; Bizancio, Constantinopla y Estambul.

Con el final del Imperio Romano Occidental (siglo Vº) y la llegada de los llamados “Pueblos Bárbaros”, como ya hemos adelantado, mediante el régimen feudal, en la actual Europa, se reforzaron los aspectos sexistas discriminatorios de la sociedad romana. El sistema social conocido como feudalismo ya se asienta, claramente, en el patriarcado y éste se fortalece de forma decisiva, cuando las organizaciones sociales más poderosas, como la Iglesia Católica, las Monarquías o los Ejércitos, cohesionan sus fuerzas para intervenir en la organización social y, sobra decir que, todas ellas, eran descaradamente masculinas y que esto se traduce en una autoridad inquebrantable ejercitada por los varones reconocidos socialmente en la comunidad como cabeza de una o varias estirpes nobles, máximos mandos militares o dirigentes de creencias religiosas.

No hace incidir en otro aspecto tan evidente como que, con la expansión de las religiones monoteístas como la judía, la budista, la cristiana y la musulmana las respectivas sociedades reforzaron, al máximo, el patriarcado. Ya existe un solo Dios, masculino y todopoderoso, al tiempo que las mujeres desaparecen de los templos y de los ritos y sacrificios religiosos; espacio este en el que, antes, habían gozado de cierto protagonismo. En la Alta Edad Media Europea (s. V al s. X) el estatus de “propiedad privada” de las mismas, respecto de sus maridos, se constituye como sistema legal casi inalterable. Más adelante, la situación empeora y no sólo la mujer, sino que también los símbolos asociados a lo femenino[3], paulatinamente, se fueron relacionando con los conceptos de maldad y de degeneración. La bíblica Eva, a diferencia de las mitológicas Inanna, Astarté, Afrodita o Venus, se configura como pecadora y aliada del diablo.

Y es que, para aquellos cristianos, la Mujer es el origen y la única causante de la expulsión del “Paraíso Terrenal” del resto de los mortales y, por su culpa, todos los humanos estamos condenados a vivir en la tierra, expulsados de aquel paraíso. Curiosamente parece olvidarse lo que es algo muy conocido; “el pecado de comer la manzana” lo cometió Adán y no Eva, dato que todavía hoy parece “invisible”. En Génesis, 3 se resume el siguiente relato “…entonces Dios le preguntó: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol del cual yo te mandé que no comieras? Y el hombre le respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí…”. Es evidente que el autor del “Pecado Original” fue Adán y Eva, solamente, su excusa, ante la irritación divina. Para otras religiones, se repite el dato; los brahmanes narran que el “Primer Hombre” desencadenó su miseria al comer de un árbol sagrado. En el Avesta, también el “Primer Hombre” pierde su felicidad por mentir. Después de constatar tan curiosa como indecente coincidencia, saltemos unos siglos y, siguiendo la historia en Europa, ya en la Baja Edad Media (s. XI al XV), cualquier archivo de las ciudades de Italia, Francia o Inglaterra habla de mujeres violadas, con la misma frecuencia que naturalidad. En teoría, las leyes castigaban a los violadores pero, en la práctica, la mujer tenía que demostrar que había sido forzada e, incluso, desde el siglo XII, en Inglaterra, se estimaba que el embarazo de la mujer demostraba que ésta había consentido la relación, por lo que no había existido violación y así, según criterio legal, todo el delito y el pecado pasaba a ser responsabilidad de la propia víctima.

Entre los años 1450 y 1750 la situación empeora y aparece, respecto a la mujer, un patente proceso de exterminio, bajo el argumento de la “brujería”, destinado a las mujeres que practicaban la “magia negra” y se “aliaban”, en sus propósitos, con el Diablo, (lo cual, en bastantes ocasiones, quería decir “mujeres que pensaban”). La bruja rural –y su correlativo; la hechicera urbana- solían pertenecer a clases sociales marginadas, lo que las hacía totalmente vulnerables a las infundadas persecuciones; así se causó la muerte, según los cálculos más fidedignos, de unas 60.000 mujeres, en Europa Occidental que, previamente, eran sometidas a monstruosas torturas para obtener las adecuadas confesiones en los juicios por brujería, a los que, sólo en muy contadas ocasiones, fueron sometidos los varones, en los que, por el contrario, siempre eran juzgadores. Mientras tanto, acontece el “Renacimiento”, cuyo nombre se refiere a la recuperación de algunos elementos de la cultura clásica romana que se viene a traducir en un proceso innovador pero, también, en cierta consolidación de la importancia del varón en la organización social, lo que se fue convalidando, en los siglos XIV y XV. En definitiva, fue una “revolución elitista y cultural” que nada significó para el estatus femenino. Hay una escueta excepción ya que existieron bastantes mujeres que durante el Renacimiento y, más tarde el Barroco, se dedicaron al arte como la monja Caterina de Vigri o Properzia de Rossi, Elisabetta Sirani, Barbara Longhi, Catharina van Hemessen, Lavinia Fontana, Sofonisba Anquissola, Artemisa Gentileschi, Judith Levster o Luisa Roldán, cuyas obras apenas, hoy en día, cuelgan de las paredes de los principales Museos del planeta.

En el continente americano se tienen menos datos sobre la situación de la mujer y, en realidad, hasta hace poco, ha sido escasamente estudiada y ha estado presentada entre controvertidas opiniones. Sin embargo existen testimonios, que no dejan duda alguna que las mujeres Indias de Norteamérica eran dirigentes locales y hábiles trabajadoras. Citemos tres conocidos ejemplos de mujeres nativas de Norteamérica:

a)      Pocahontas (sobre 1600), la india pacifista de Powhatan, que hizo de interlocutora entre los colonos de Jamestown y los nativos de la región,

b)    Sacagawea (1787-1812), otra pacifista de la tribu Shoshone, que guió a Lewis y Clark en sus expediciones, salvó sus vidas muchas veces y ayudó, de forma fundamental, en las negociaciones con otras tribus indias y

c)     Kikisoblu (1811-1896), también conocida como Princess Angeline.

Por lo que respecta a Sudamérica la imposición de la fe católica y los valores culturales de la Europa mediterránea puso, y mantiene, a las mujeres en una situación igual o peor que la de sus colegas europeas.

De forma casi sorpresiva, poco antes del siglo XVIII, mientras unos atribuían la incapacidad y la falta de inteligencia como activos propios del sexo femenino -concepciones que ya figuraban en los textos bíblicos, refrendado por Aristóteles (384 ac-322 ac) y por los Padres de la Iglesia (siglos Iº y IIº)[4]- aparece una línea de pensamiento tan diferenciada como innovadora; el feminismo. En el contexto del desarrollo de la filosofía surge como una, tan sutil como trascendente, discrepancia respecto a las ideas que, sobre la mujer, habían existido sin debate o cuestionamiento importante durante miles de años. Y es que el feminismo no es un discurso sobre las cualidades de la mujer, sino sobre la igualdad de los sexos. Ello se traducirá en un fundamental cambio, ya que estas ideas no se refieren, simplemente, a la situación de las mujeres en la sociedad, sino que atañen, muy directamente, a la condición del varón que, al pasar a valorarse como igual a la mujer, ambos ya no podrán continuar estructurados socialmente con criterios de inferioridad o de dependencia. Esta revolucionaria idea tiene, entre otras, su obra fundacional en la “Vindicación de los derechos de la Mujer” en 1790 de Mary Wollstonecraft[5] (1759-1797), que preferimos destacar tanto por su cohesión como su influencia, aunque ésta fuera tiempo después.

Mientras que, de modo silente, surgen las ideas feministas, la concepción más difundida, moderna y evolucionada, que impone la “Revolución Francesa” y su alegato de “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, es la del ideario de Rousseau (1712-1778), que defendía que “…es fácil ver que entre las diferencias que distinguen a los hombres, muchas que pasan por naturales son únicamente obra del hábito y los diversos modos de vida que los hombres adoptan en la sociedad. Así, un temperamento robusto o delicado, la fuerza o la debilidad dependen, muy a menudo, más de la naturaleza dura o afeminada en que se ha sido educado, que de la constitución primitiva de los cuerpos. Lo mismo pasa con las fuerzas del espíritu…”. Rousseau, en una primera lectura, parecerá como alguien que vindica la igualdad de sexos; sin embargo ello no es más que una falaz apariencia ya que Monsieur Jacques Rousseau, en su obra fundamental “El Contrato Social”, en 1762, viene a afirmar que los pueblos son soberanos y son ellos los que deben elegir libremente a sus gobernantes, bajo la premisa de “un hombre un voto”; pero, en la realidad, lo que ocurre es que hace una inexorable diferencia entre;

a)     la vida pública (organización y desarrollo social),

b)    la vida privada (esferas personales y familiares) y

sucede que el hombre interactúa en el primer nivel y la mujer en el segundo y, para él, la mujer, socialmente ocupa un puesto inferior al varón y su educación tan sólo deberá estar enfocada para garantizar que cumplan su cometido; criar hijos, ayudar y complacer al varón del que dependen. No concibe que los libros estén escritos para ellas ni que puedan intervenir en cualquier debate o especulación. Lo dicho; “un hombre, un voto”, en el sentido más literal y fraudulento de la expresión, que implica que la mujer carece de la posibilidad de votar. Tengamos en cuenta que el sufragio femenino ha sido aprobado (y revocado) varias veces en distintos países del mundo. Como anécdota, recordar que, en 1776, en New Jersey, se autorizó, accidentalmente, el primer sufragio femenino (se usó la palabra “personas” en vez de “hombres”), pero se abolió en 1807. El voto femenino es un derecho que sólo se alcanza ya entrado el siglo XX y no olvidemos que en Estados, con tanta incidencia universal como los Emiratos Árabes Unidos o el Vaticano, ni tan siquiera hoy, se reconoce la eventualidad del voto a las mujeres.

Lo cierto es que Wollstonecraft sin la difusión, ni el acreditado prestigio y casi sin ninguna repercusión social inmediata, había compuesto un pormenorizado alegato sobre la igualdad de sexos y mantenía que hombres y mujeres deberían ser tratados como iguales, imaginando un orden social basado en la razón, de la que tanto presumía Rousseau y su, ya diseccionado, dogma de “un hombre, un voto”. Ambos dos tenían sus criterios, claro que;

a)                                la teoría rousseauniana únicamente venía aplicada al mundo de los hombres, a tal respecto, afirmaba en su libro el “Emilio o de la educación” que “…uno debe ser activo y fuerte… …la otra pasiva y débil…….establecido este principio de él se sigue que la mujer está hecha para agradar y ser sometida, debe hacerse agradable para el hombre, en lugar de provocarle…”.

b)                                La razón que sostenía Wollstonecraft, implicaba la absoluta, completa e idéntica igualdad de derechos y deberes para ambos sexos y, como consecuencia, se iba a generar una intrínseca e irreconciliable contradicción de ambos razonamientos. Pero lo esencial es que, en definitiva, se estaba abriendo, imperceptiblemente, un fundamental debate casi inédito en la Historia de la Humanidad; el de la igualdad de los sexos,

lo cual no significaba que inmediatamente algo cambiase o, simplemente, se eliminase una perpetuada discriminación, ya que todavía estaba intacta;

1º) la idea de que la igualdad sólo lo podía ser entre los varones y, además,

2º) la idea, hasta hace muy poco tan generalizada como indiscutida, de la superioridad de los hombres respecto de las mujeres.

Reconozcamos que, en Europa, con la Revolución Francesa y el triunfo de las concepciones políticas democráticas, unido a un lento e inexorable avance de las ideas sobre la igualdad de sexos, empiezan a quebrarse los cimientos en que se sostiene el patriarcado como sistema de organización del poder social. Insistimos en que, aunque en sus orígenes, el feminismo pase como una corriente de ideas imperceptible, resultará probable que, en un análisis global de la evolución de la “persona sapiens”, el nacimiento de las ideas vindicativas femeninas puede adquirir una relevancia superior a la propia instauración de la Democracia como sistema de gobierno. Decimos esto porque, como ya hemos visto, la participación de los ciudadanos de ambos sexos en las decisiones públicas ya había existido en algunas culturas que, sin embargo, cuando estas desaparecían inexorablemente se instauraba un estatus inferior de la mujer respecto al varón. Esta última afirmación es plenamente aceptable respecto a Asía, donde en China, Japón o en India, por poner tres ejemplos, esta concepción perdura actualmente. Respecto al continente africano, tanto en su parte musulmana como en el resto, la mujer, en bastantes ámbitos socio-culturales, se acerca más al concepto de mercancía que de persona.

En América del Norte se implantaron, con un ritmo algo diferente al europeo, las ideas de la Igualdad de Sexos. Destaquemos, aunque sea sólo desde un punto de vista gramatical, que en La Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776) no contiene, ni una sola vez, la palabra “mujer”, aunque, curiosamente habla de “…tomar entre las naciones de la tierra el puesto separado e igual al que las leyes de la naturaleza y del Dios de esa naturaleza le dan derecho, un justo respeto al juicio de la Humanidad exige que declare las causas que lo impulsan a la separación…”[6]. Resulta algo contradictorio que las “Leyes de la naturaleza y del Dios de esa naturaleza” afecten a algo tan artificial como son los Estados y excluyan a lo que, verdaderamente, es lo natural; la diferencia de sexos. Pero, a día de hoy, la igualdad y la no discriminación de la mujer, en Norteamérica, está bastante asentada en la conciencia ciudadana y personal, ante todo después del impacto social de la obra de Sally McMillen[7] “Seneca Falls and the Origins of the Woman’s Right’s Movement” (1990). Cuestión diferente es la de América del Sur, donde impera la religión católica y donde la mujer está, claramente, discriminada, en cuanto al ejercicio de sus derechos como persona, dependiendo del padre o del marido, según la edad, sin que, el convulso siglo XX haya abierto puerta alguna a los Derechos de la Mujer.

Retornando a Europa, hay que destacar que, con la Reina Isabel Iª de Inglaterra, ya en 1558, se produjo un impulso efectivo y real de las ideas igualitarias entre sexos. Siglos después, la discriminación por razón de sexo mantenía un discurso cada vez menos convincente pero de inexorable aplicación sobre todo si atendemos a que Mary Wollstonecraft, en la segunda mitad del siglo XVIII, ya argumentaba que la razón de una situación social de inferioridad de la mujer tan solo está basaba en la equivocada creencia en la superioridad de los varones y decía que: “…parece que los varones, en general, prefieren utilizar la razón más para justificar los prejuicios que han asimilado, sin saber muy bien por qué…”. Como ya hemos dicho, hay que reconocer que la obra de Mary Wollstonecraft no concitó ningún gran entusiasmo y, más bien, le sirvió para que la llamasen, por ejemplo, “hiena con faldas”.

 Repito que una cosa eran las teorías y otra la realidad. Así sucedió que, con la llegada de la “Revolución Francesa” y del “Liberalismo”, las mentalidades sexistas no cambiaban con igual cadencia que se estaba produciendo las reformas políticas. Curiosamente, a la “Déclaration des Droits de l'Homme et du Citoyen” (1789) de la Revolución Francesa[8], siguió, en 1791, la “Déclaration des Droits de la Femme et de la Citoyenne” en la que reclamaba la emancipación de las mujeres y que fue redactada por Marie Gouze, más conocida como Olympe de Gouges[9] (1748-1793) a la que más adelante nos referiremos. En definitiva, resulta evidente que las concepciones patriarcales o, mejor dicho, las creencias relativas a la inferioridad del sexo femenino, se conservaron intactas en la mayoría de los ciudadanos, aunque el Poder Político y Social se fundamentase en criterios democráticos, en los cuales se declaraba la igualdad de derechos entre ambos sexos.

Décadas después, Hegel[10] (1770-1831) escribe la “Filosofía del Derecho”, en 1821, dejando bastante claro que la abolición de los poderes basados en las estirpes es necesaria ya que pueden “apoderarse del Estado”, pero, además, él es el primer pensador, de gran influencia, que sostiene que;

A)                            no es adecuado concebir el matrimonio como un contrato, lo que, sin embargo, no impide que, al mismo tiempo sostenga

B)                            que la familia es la garantía del orden social.

En efecto, Hegel fue el primero en difundir, con una impecable coherencia de ideas, una concepción social basada en el equilibrio de sexos y, en su texto “Fenomenología del Espíritu” (1807) explica la razón de que los sexos, que son realidades del mundo natural, en la especie humana, estén reglamentados, adjudicando mediante esta “reglamentación” de lo natural un arbitrario destino distinto para mujeres y varones, que, al igual que hemos adelantado con Rousseau, sólo concebía que:

a)     el destino de las mujeres es la Familia,

b)    el destino de los varones es el Estado.

Reconozcamos que algo se avanzó porque con Hegel, aunque cada sexo tiene un destino, ello ya no tiene su origen en la biología, sino que se fundamenta en una convención social que delimita las esferas separadas femenina y masculina; es decir, por fin, se consolida la idea de que la pertenencia a uno u otro sexo es, simplemente, una cuestión biológica y, por lo tanto, es el carácter patriarcal de la sociedad el que impone, para cada uno, una función y una valoración social diferenciada. La idea era innovadora, aunque no olvidemos que, ciertamente, reproducía lo que en 1790 de Mary Wollstonecraft, ya sostenía con mayor contundencia. Sin embargo, las teorías de Hegel no son, especialmente, feministas porque, tal y como hiciera Rousseau, son los varones lo que tienen un destino público, mientras que para las mujeres nunca se planteó, seriamente, la posibilidad de que fueran actrices principales de la convivencia social; pero, repetimos que ya no lo hace, distanciándose básicamente del pensamiento rousseauniano, en base a una concepción sexista ni biológica, sino en la premisa de la existencia de un convenio o costumbre social. Este enfoque representaba cierta innovación, ahora publicitada y difundida, pero la difícil lectura de Hegel, así como su enciclopédica obra, impidió que, uno de sus seguidores, apellidado Marx, no entendiera esto.

Saliendo un momento del discurso filosófico masculino, recordemos que, en aquella época, los incipientes “Movimientos Feministas y Sufragistas” estaban dirigidos por mujeres de procedencia burguesa. Pese a que casi todos los planteamientos feministas eran interclasistas, las ideas de la igualdad de los derechos de ambos sexos nunca consiguió movilizar a las mujeres trabajadoras y ello se tradujo en un patente desinterés por algo tan confuso y poco realista como, por entonces, era la “Liberación de la Mujer”. Algo más grave es que los primeros ideólogos del movimiento obrero alimentaran unos criterios tan incoherentes como inaceptables respecto a los derechos femeninos. Ferdinand Lasalle (1825-1864) mantenía, rotundamente, que una mujer igual en derechos a un hombre significaría “…el fin de la institución del matrimonio, la muerte del amor y la ruina de la raza humana…”. Para Pierre-Joseph Proudhon (1809-1864) incluso las cosas estaban, todavía, más claras: “…no hay otra alternativa para las mujeres que la de ser amas de casa o furcias…”. Con escasa convicción y con menos resultados Karl Marx (1818-1883), Friedrich Engels (1820-1895) y August Bebel (1840-1913) abordaron, de forma casi incidental, “la cuestión de la mujer” como, literalmente, decía Karl Marx para referirse a la “liberación de la mujer”[11]. Engels en su libro “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado” (1884) equiparaba la dominación de clase con la dominación de la mujer por el hombre. Sin embargo para él, como para Marx, la emancipación de la mujer no se constituía como un objetivo prioritario ni principal y consideraban que sólo se haría realidad tras una revolución socialista que liquidara el capitalismo. En consecuencia, la lucha de las mujeres debía subordinarse o, como mucho ir unida, a la lucha de clases. Por su parte, los fundadores del socialismo científico entendían que la base fundamental de la emancipación femenina era su independencia económica frente al hombre, valorando esto, sutilmente, como una “conquista”, pero nunca como un Derecho Fundamental.

Para concluir estas líneas puedo afirmar que, desde Hegel hasta nuestros días, de manera tan escueta como real, se puede afirmar que;

a)     las mujeres ya aparecen como seres con capacidad jurídica y son sujetos de derecho,

b)    se consolidan, teórica y legalmente, los conceptos de la igualdad y de la no discriminación por razón de sexo,

c)     se produce cierto auge, intermitente, disperso, confuso y más reivindicativo que científico de las ideas feministas.

 

RAMÓN MACIÁ GÓMEZ

Magistrado Jubilado

14 de Enero de 2010

themis@ramonmacia.com

 


 

[2] Resulta desoladora la mitología griega que, literalmente, está sembrada de episodios en que los dioses son violentos y agresivos hacia las mujeres, a las que, con habitualidad, raptan y violan. Son pocas son las ninfas o las mortales que pueden escapar del acoso de Zeus y de las exigencias sexuales de los demás dioses. Como excepción, se narra el caso de Dafne, una ninfa que, queriendo escapar del dios Apolo, se trasforma en laurel y gracias a ello evita ser violada. Resulta interesante la lectura de, “…The Lot of the Hellenic Women…” editado por la Universidad de Fordham.

[3] La Virgen María es la madre de Jesucristo, mediante una “Inmaculada Concepción”, que se configura en un dogma de fe de los católicos y, a diferencia de todos seres humanos, desde el primer instante de su concepción, estuvo libre del “pecado de la carne”, o, en otros términos, de todo tipo de relación sexual.

[4] Con mucha facilidad se podrían transcribir infinidad de citas degradantes de la condición de mujer contenidas en la Biblia; solamente reproduciremos lo que consta en Corintios, 11- 3, 7, 8 y 9, que dice que: “…quiero que sepáis que Cristo es cabeza de todo varón, y el varón es cabeza de la mujer… …porque el varón no debe cubrirse la cabeza, porque él es imagen y gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón… …porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón…". Para Aristóteles; “…la mujer es un “varón mutilado”. Su alma era inferior a la del varón, como lo era también la de los animales...”. Sobran los comentarios y queda la duda sobre si tuvieron madre los que escribieran estos dislates.

[5] Mary Wollstonecraft fue una filósofa y escritora británica. Su texto más conocido es “Vindicación de los Derechos de la Mujer”, en el cual argumenta que las mujeres no son por naturaleza inferiores al hombre, sino que tan sólo puede parecerlo debido a que no han tenido acceso a la educación apropiada. Como curiosidad, es la madre de Mary Shelley, autora de la novela “Frankenstein”. Wollstonecraft, desgraciadamente, murió a los 38 años.

[7] Sobre su actividad en la investigación del feminismo en los Estados Unidos se puede consultar; http://www.davidson.edu/academic/history/historyweb/Faculty/sally_mcmillen.htm

[8] En esta Declaración, en ninguno de sus 17 artículos, aparece mencionada la palabra “mujer”, pese a que el artículo 6 mantenga que; “…todos los ciudadanos son iguales ante ella (la Ley), todos son igualmente admisibles en toda dignidad, cargo o empleo públicos, según sus capacidades y sin otra distinción que la de sus virtudes y sus talentos…”. Se cita siete veces la palabra “hombre”. Véase http://www.der.uva.es/constitucional/verdugo/declaracion_fr_1789.html

[9] Olympe de Gouges, acusada de traición a la Revolución, moriría, precisamente por sus ideas feministas, guillotinada en París el 3 de noviembre de 1793. 

[10] Georg Wilhelm Friedrich Hegel, 1770 - 1831, es célebre como un filósofo alemán muy oscuro, pero muy original y, en todo caso, en la historia de la filosofía es considerado por la Historia Clásica de la Filosofía como el representante del idealismo filosófico.

[11] Curiosamente el himno de la Internacional, como hiciera Rousseau eludiendo la palabra mujer en su, ya aforismo, “…un hombre un voto…”, dice que “…el hombre del hombre es hermano, derechos iguales tendrán…”.

 

 

 

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