LA DISCRIMINACIÓN DE LA
MUJER EN LA HISTORIA.
La
discriminación o la violencia contra la mujer no son
fenómenos propios de nuestra época ni exclusivos de
determinadas culturas; es un anómalo conjunto de
conductas que se producen en el género humano desde
tiempos tan pretéritos como lugares o ámbitos tan
universales. Muchas mujeres han sufrido, y sufren en
la actualidad, una tangible diferencia en cuanto
roles, funciones, obligaciones y derechos respecto
al hombre, sometidas a cierta discriminación que
limita o anula su independencia y autonomía; en
pocas palabras, padecen un permanente atentado tanto
contra su propia Personalidad como contra su
Dignidad y, esto ocurre, en medio de una silenciosa
complicidad de la que todos, en mayor o menor grado
formamos, parte.
Nos
hallamos ante una violencia estructurada, previsible
y evitable, al tiempo que arraigada y tolerada por
un sistema patriarcal, uno de cuyos elementos y
objetivos es, precisamente, el de mantener a la
mujer en una patente situación de privación de
derechos y expectativas dentro de su entorno social.
Insisto en que se trata de una violencia calculada
e, incluso, propiciada por el sistema patriarcal. En
definitiva, las mujeres víctimas de mutilaciones
genitales, violaciones, malos tratos, agresiones
psicológicas y económicas o, también, las miles de
asesinadas, recuerdan a nuestras sociedades una
causa pendiente en la historia de la convivencia
humana, el reconocimiento efectivo de la Libertad,
Dignidad, Igualdad y Personalidad respecto a una
mitad del género humano. Va siendo hora de poner fin
a esta situación que, además, perjudica notablemente
la adecuada prosperidad y evolución de todos los
humanos, sin diferencia de sexos.
La
arqueóloga española Sra. Jesús de Pedro,
conservadora del Museo de Prehistoria de Valencia,
analizó tres cráneos de mujeres, hallados en España
y datados en la Edad del Cobre (hacia el año 3000
antes de Cristo), que indican que fueron víctimas de
similares y simultáneas agresiones que “…les
causaron la muerte…” ya que las tres presentaban
fisuras óseas procedentes de heridas sin cerrar que,
difícilmente, otro animal que no fuera un humano les
hubiera podido causar. A este respecto, no podemos
olvidar que, en aquel tiempo, el uso y dominio de
las armas estaba reservado a los machos del género
humano y que el hombre y la mujer de esa época se
estructuraban ya en una sociedad de cazadores,
pescadores y recolectores/agricultores en la que los
papeles estaban claramente distribuidos;
a)
las
mujeres se ocupaban de la reproducción, criaban a
los hijos y cuidaban de los enfermos y, por su
parte,
b)
los
varones efectuaban labores referidas a la caza y la
pesca.
Dejemos aparte, por ahora, datos prehistóricos y
dediquemos unas líneas a lo que significa “el
patriarcado” como sistema social y su íntima
relación con la violencia contra las mujeres. Según
cualquier enciclopedia por patriarcado se entiende
la estructura social en la que el varón ejerce la
autoridad en casi todos los ámbitos esenciales de la
comunidad a la vez que la transmisión del poder se
efectúa por línea masculina o patrilineal. En
sociología se identifica como
la forma de familia centrada en el padre o marido,
al cual corresponde la autoridad, y al que va ligada
la transmisión (patrilinealismo) y el lugar de
residencia (patrilocalismo). Su origen,
probablemente, se remonta a la aparición de la
agricultura y de la propiedad privada, que
configuraron formas sociales más complejas, en las
que las actividades de poder, bélicas, económicas y
sociales, pasaron a ser competencia casi exclusiva
del varón. La organización patriarcal se
caracteriza, entre otras cuestiones;
a)
por la
existencia de numerosas familias tuteladas por un
varón, habitualmente el de más edad,
b)
la
posición secundaria y subordinada de la mujer,
c)
la
transmisión por línea masculina de bienes materiales
y privilegios sociales o patrilinaje,
d)
una
concepción generalizada de inferioridad del sexo
femenino y
e)
cierta
frecuencia de actos relativos a violencia contra las
mujeres, generalmente permitidos por la comunidad y,
en ocasiones,
f)
por la
existencia de familias poligámicas.
Se
puede apreciar la rotundidad del dominio masculino
del sistema patriarcal en el siguiente gráfico que
viene a relacionar la residencia que adopta la
familia patrilineal o matrilineal que,
respectivamente, se traducirá en un sistema
patriarcal o matriarcal:
|
RELACIÓN ENTRE
RESIDENCIA POS MARITAL Y FILIACIÓN |
|
Tipo de
filiación |
Matrilocal |
Avunculocal |
Patrilocal |
Otras |
Totales |
|
Patrilineal |
1 (0,13%) |
0 |
563 (74,87%) |
25 (3,32%) |
588 (78,32%) |
|
Matrilineal |
53 (7,05%) |
62 (8,24%) |
30 (3,99%) |
19 (2,52%) |
164 (21,68%) |
Si
bien, sin duda alguna, el Patriarcado se configurará
como forma de la estructura social, ya exclusiva e
inapelable, durante la Edad Media (siglos Vº al XVº)
con la consolidación de las religiones
judío-cristiana en occidente y budista o animista en
oriente o en Egipto anteriormente, no olvidemos que
los derechos de las mujeres y sus papeles sociales
han variado a través de la historia.
Así, en el antiguo Egipto, aparentemente, las
mujeres tenían similares derechos económicos y
legales que los hombres y, llegaban a ser vistas
como heroínas en la cultura egipcia, según opinión
de Meter Piccione, profesor de la Northwestern
University. A la mente nos viene los nombres de
Cleopatra (69ac-30ac), la médico Peseshet (sobre el
2500 ac), divinidades como Isis, Heket, Hathor o el
hecho de que algunos faraones ptolemaicos
acostumbraran a desposarse con sus hermanas y otros
muchos gobernaran, conjuntamente, con sus esposas;
además, se sabe con certeza, que el divorcio era una
institución plenamente admitida entre los antiguos
egipcios. En sentido inverso, no hay ninguna duda de
la desigualdad entre hombres y mujer en la milenaria
China donde el valor de uno y otro sexo era, y es,
abismal, para acreditar esto bastará con reproducir
el inicio de un antiguo poema chino que dice; “…
¡Qué triste es ser una mujer! / Nada en la tierra es
considerado de menor valor...”.
Entre los siglo XIº y IIº antes de Cristo
encontramos que, con absoluta naturalidad,
principalmente en la literatura griega[2],
aparecen comportamientos violentos, vejatorios o
discriminatorios hacia la mujer como norma de
comportamiento tan habitual como impune. Por
ejemplo, podemos leer, en el Canto I de la Ilíada,
que Zeus acostumbraba a apalear a su esposa Hera,
hecho contado por Hefesto, el hijo de ambos, el cual
se declara incapaz de defenderla, ya que, en cierta
ocasión en que lo hizo, fue arrojado del Olimpo por
su padre, el maltratador Zeus, que lo agarró por los
pies y lo estrelló contra la tierra, quedando cojo
para siempre.
Más
adelante, entre el sigo Iº ac y el siglo Vº dc., en
la cultura romana occidental, las ciudades eran
lugares en donde sus habitantes tenían el derecho de
participar en las actividades políticas en pie de
igualdad. Este estatus de ciudadano exclusivamente
lo detentaban aquellos que poseían un patrimonio
doméstico, es decir, el derecho de disponer sobre
esclavos, mujeres y bienes materiales. Significa
esto que, exclusivamente, los que adquirían el
estatus de ciudadanos disfrutaban de las libertades
políticas, de la igualdad ante la ley, de la gestión
de la administración y la justicia y eran sujetos
activos del Derecho, con la posibilidad de
intervenir en deliberaciones y Tribunales, quedando,
tan sólo, sometidos a las normas de las leyes
constitutivas o del derecho público. En resumen, una
estructura tan ordenada como los criterios bélicos o
culturales del Imperio Romano, pero resulta que la
mujer, durante toda su vida, se hallaba bajo la
“potestas” del varón; primero su padre y más
tarde su esposo. O, dicho en otros términos, la
mujer nunca era ciudadana y, consecuentemente,
quedaba descartada para participar en cualquier
actividad pública, que se constituía en ámbito,
exclusivamente, masculino. Muy similares
concepciones dominaron la estructura del Imperio
Bizantino, prolongación del Imperio Romano en su
territorio más oriental y que perduró hasta el siglo
XV de nuestra era, con capital en una misma sede que
adquirió tres nombres; Bizancio, Constantinopla y
Estambul.
Con
el final del Imperio Romano Occidental (siglo Vº) y
la llegada de los llamados “Pueblos Bárbaros”,
como ya hemos adelantado, mediante el régimen
feudal, en la actual Europa, se reforzaron los
aspectos sexistas discriminatorios de la sociedad
romana. El sistema social conocido como feudalismo
ya se asienta, claramente, en el patriarcado y éste
se fortalece de forma decisiva, cuando las
organizaciones sociales más poderosas, como la
Iglesia Católica, las Monarquías o los Ejércitos,
cohesionan sus fuerzas para intervenir en la
organización social y, sobra decir que, todas ellas,
eran descaradamente masculinas y que esto se traduce
en una autoridad inquebrantable ejercitada por los
varones reconocidos socialmente en la comunidad como
cabeza de una o varias estirpes nobles, máximos
mandos militares o dirigentes de creencias
religiosas.
No
hace incidir en otro aspecto tan evidente como que,
con la expansión de las religiones monoteístas como
la judía, la budista, la cristiana y la musulmana
las respectivas sociedades reforzaron, al máximo, el
patriarcado. Ya existe un solo Dios, masculino y
todopoderoso, al tiempo que las mujeres desaparecen
de los templos y de los ritos y sacrificios
religiosos; espacio este en el que, antes, habían
gozado de cierto protagonismo. En la Alta Edad Media
Europea (s. V al s. X) el estatus de “propiedad
privada” de las mismas, respecto de sus maridos, se
constituye como sistema legal casi inalterable. Más
adelante, la situación empeora y no sólo la mujer,
sino que también los símbolos asociados a lo
femenino,
paulatinamente, se fueron relacionando con los
conceptos de maldad y de degeneración. La bíblica
Eva, a diferencia de las mitológicas Inanna, Astarté,
Afrodita o Venus, se configura como pecadora y
aliada del diablo.
Y
es que, para aquellos cristianos, la Mujer es el
origen y la única causante de la expulsión del
“Paraíso Terrenal” del resto de los mortales y, por
su culpa, todos los humanos estamos condenados a
vivir en la tierra, expulsados de aquel paraíso.
Curiosamente parece olvidarse lo que es algo muy
conocido; “el pecado de comer la manzana” lo cometió
Adán y no Eva, dato que todavía hoy parece
“invisible”. En Génesis, 3 se resume el siguiente
relato “…entonces Dios le preguntó: ¿Quién te
enseñó que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del
árbol del cual yo te mandé que no comieras? Y el
hombre le respondió: La mujer que me diste por
compañera me dio del árbol, y yo comí…”. Es
evidente que el autor del “Pecado Original”
fue Adán y Eva, solamente, su excusa, ante la
irritación divina. Para otras religiones, se repite
el dato; los brahmanes narran que el “Primer
Hombre” desencadenó su miseria al comer de un
árbol sagrado. En el Avesta, también el “Primer
Hombre” pierde su felicidad por mentir. Después
de constatar tan curiosa como indecente
coincidencia, saltemos unos siglos y, siguiendo la
historia en Europa, ya en la Baja Edad Media (s. XI
al XV), cualquier archivo de las ciudades de Italia,
Francia o Inglaterra habla de mujeres violadas, con
la misma frecuencia que naturalidad. En teoría, las
leyes castigaban a los violadores pero, en la
práctica, la mujer tenía que demostrar que había
sido forzada e, incluso, desde el siglo XII, en
Inglaterra, se estimaba que el embarazo de la mujer
demostraba que ésta había consentido la relación,
por lo que no había existido violación y así, según
criterio legal, todo el delito y el pecado pasaba a
ser responsabilidad de la propia víctima.
Entre los años 1450 y 1750 la situación empeora y
aparece, respecto a la mujer, un patente proceso de
exterminio, bajo el argumento de la “brujería”,
destinado a las mujeres que practicaban la “magia
negra” y se “aliaban”, en sus propósitos, con el
Diablo, (lo cual, en bastantes ocasiones, quería
decir “mujeres que pensaban”). La bruja rural –y su
correlativo; la hechicera urbana- solían pertenecer
a clases sociales marginadas, lo que las hacía
totalmente vulnerables a las infundadas
persecuciones; así se causó la muerte, según los
cálculos más fidedignos, de unas 60.000 mujeres, en
Europa Occidental que, previamente, eran sometidas a
monstruosas torturas para obtener las adecuadas
confesiones en los juicios por brujería, a los que,
sólo en muy contadas ocasiones, fueron sometidos los
varones, en los que, por el contrario, siempre eran
juzgadores. Mientras tanto, acontece el
“Renacimiento”, cuyo nombre se refiere a la
recuperación de algunos elementos de la cultura
clásica romana que se viene a traducir en un proceso
innovador pero, también, en cierta consolidación de
la importancia del varón en la organización social,
lo que se fue convalidando, en los siglos XIV y XV.
En definitiva, fue una “revolución elitista y
cultural” que nada significó para el estatus
femenino. Hay una escueta excepción ya que
existieron bastantes mujeres que durante el
Renacimiento y, más tarde el Barroco, se dedicaron
al arte como la monja Caterina de Vigri o Properzia
de Rossi, Elisabetta Sirani, Barbara Longhi,
Catharina van Hemessen, Lavinia Fontana, Sofonisba
Anquissola, Artemisa Gentileschi, Judith Levster o
Luisa Roldán, cuyas obras apenas, hoy en día,
cuelgan de las paredes de los principales Museos del
planeta.
En
el continente americano se tienen menos datos sobre
la situación de la mujer y, en realidad, hasta hace
poco, ha sido escasamente estudiada y ha estado
presentada entre controvertidas opiniones. Sin
embargo existen testimonios, que no dejan duda
alguna que las mujeres Indias de Norteamérica eran
dirigentes locales y hábiles trabajadoras. Citemos
tres conocidos ejemplos de mujeres nativas de
Norteamérica:
a)
Pocahontas
(sobre 1600), la india pacifista de Powhatan, que
hizo de interlocutora entre los colonos de Jamestown
y los nativos de la región,
b)
Sacagawea
(1787-1812), otra pacifista de la tribu Shoshone,
que guió a Lewis y Clark en sus expediciones, salvó
sus vidas muchas veces y ayudó, de forma
fundamental, en las negociaciones con otras tribus
indias y
c)
Kikisoblu
(1811-1896), también conocida como Princess Angeline.
Por
lo que respecta a Sudamérica la imposición de la fe
católica y los valores culturales de la Europa
mediterránea puso, y mantiene, a las mujeres en una
situación igual o peor que la de sus colegas
europeas.
De
forma casi sorpresiva, poco antes del siglo XVIII,
mientras unos atribuían la incapacidad y la falta de
inteligencia como activos propios del sexo femenino
-concepciones que ya figuraban en los textos
bíblicos, refrendado por Aristóteles (384 ac-322 ac)
y por los Padres de la Iglesia (siglos Iº y IIº)[4]-
aparece una línea de pensamiento tan diferenciada
como innovadora; el feminismo. En el contexto del
desarrollo de la filosofía surge como una, tan sutil
como trascendente, discrepancia respecto a las ideas
que, sobre la mujer, habían existido sin debate o
cuestionamiento importante durante miles de años. Y
es que el feminismo no es un discurso sobre las
cualidades de la mujer, sino sobre la igualdad de
los sexos. Ello se traducirá en un fundamental
cambio, ya que estas ideas no se refieren,
simplemente, a la situación de las mujeres en la
sociedad, sino que atañen, muy directamente, a la
condición del varón que, al pasar a valorarse como
igual a la mujer, ambos ya no podrán continuar
estructurados socialmente con criterios de
inferioridad o de dependencia. Esta revolucionaria
idea tiene, entre otras, su obra fundacional en la
“Vindicación de los derechos de la Mujer” en
1790 de Mary Wollstonecraft[5]
(1759-1797), que preferimos destacar tanto por su
cohesión como su influencia, aunque ésta fuera
tiempo después.
Mientras que, de modo silente, surgen las ideas
feministas, la concepción más difundida, moderna y
evolucionada, que impone la “Revolución Francesa” y
su alegato de “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, es
la del ideario de Rousseau (1712-1778), que defendía
que “…es fácil ver que entre las diferencias que
distinguen a los hombres, muchas que pasan por
naturales son únicamente obra del hábito y los
diversos modos de vida que los hombres adoptan en la
sociedad. Así, un temperamento robusto o delicado,
la fuerza o la debilidad dependen, muy a menudo, más
de la naturaleza dura o afeminada en que se ha sido
educado, que de la constitución primitiva de los
cuerpos. Lo mismo pasa con las fuerzas del
espíritu…”. Rousseau, en una primera lectura,
parecerá como alguien que vindica la igualdad de
sexos; sin embargo ello no es más que una falaz
apariencia ya que Monsieur Jacques Rousseau, en su
obra fundamental “El Contrato Social”, en
1762, viene a afirmar que los pueblos son soberanos
y son ellos los que deben elegir libremente a sus
gobernantes, bajo la premisa de “un hombre un voto”;
pero, en la realidad, lo que ocurre es que hace una
inexorable diferencia entre;
a)
la vida
pública (organización y desarrollo social),
b)
la vida
privada (esferas personales y familiares) y
sucede que el hombre
interactúa en el primer nivel y la mujer en el
segundo y, para él, la mujer, socialmente ocupa un
puesto inferior al varón y su educación tan sólo
deberá estar enfocada para garantizar que cumplan su
cometido; criar hijos, ayudar y complacer al varón
del que dependen. No concibe que los libros estén
escritos para ellas ni que puedan intervenir en
cualquier debate o especulación. Lo dicho; “un
hombre, un voto”, en el sentido más literal y
fraudulento de la expresión, que implica que la
mujer carece de la posibilidad de votar. Tengamos en
cuenta que el sufragio femenino ha sido aprobado (y
revocado) varias veces en distintos países del
mundo. Como anécdota, recordar que, en 1776, en New
Jersey, se autorizó, accidentalmente, el primer
sufragio femenino (se usó la palabra “personas” en
vez de “hombres”), pero se abolió en 1807. El voto
femenino es un derecho que sólo se alcanza ya
entrado el siglo XX y no olvidemos que en Estados,
con tanta incidencia universal como los Emiratos
Árabes Unidos o el Vaticano, ni tan siquiera hoy, se
reconoce la eventualidad del voto a las mujeres.
Lo
cierto es que Wollstonecraft sin la difusión, ni el
acreditado prestigio y casi sin ninguna repercusión
social inmediata, había compuesto un pormenorizado
alegato sobre la igualdad de sexos y mantenía que
hombres y mujeres deberían ser tratados como
iguales, imaginando un orden social basado en la
razón, de la que tanto presumía Rousseau y su, ya
diseccionado, dogma de “un hombre, un voto”.
Ambos dos tenían sus criterios, claro que;
a)
la teoría
rousseauniana únicamente venía aplicada al mundo de
los hombres, a tal respecto, afirmaba en su libro el
“Emilio o de la educación” que “…uno debe
ser activo y fuerte… …la otra pasiva y
débil…….establecido este principio de él se sigue
que la mujer está hecha para agradar y ser sometida,
debe hacerse agradable para el hombre, en lugar de
provocarle…”.
b)
La razón
que sostenía Wollstonecraft, implicaba la absoluta,
completa e idéntica igualdad de derechos y deberes
para ambos sexos y, como consecuencia, se iba a
generar una intrínseca e irreconciliable
contradicción de ambos razonamientos. Pero lo
esencial es que, en definitiva, se estaba abriendo,
imperceptiblemente, un fundamental debate casi
inédito en la Historia de la Humanidad; el de la
igualdad de los sexos,
lo cual no significaba
que inmediatamente algo cambiase o, simplemente, se
eliminase una perpetuada discriminación, ya que
todavía estaba intacta;
1º)
la idea de que la igualdad sólo lo podía ser entre
los varones y, además,
2º)
la idea, hasta hace muy poco tan generalizada como
indiscutida, de la superioridad de los hombres
respecto de las mujeres.
Reconozcamos que, en Europa, con la Revolución
Francesa y el triunfo de las concepciones políticas
democráticas, unido a un lento e inexorable avance
de las ideas sobre la igualdad de sexos, empiezan a
quebrarse los cimientos en que se sostiene el
patriarcado como sistema de organización del poder
social. Insistimos en que, aunque en sus orígenes,
el feminismo pase como una corriente de ideas
imperceptible, resultará probable que, en un
análisis global de la evolución de la “persona
sapiens”, el nacimiento de las ideas
vindicativas femeninas puede adquirir una relevancia
superior a la propia instauración de la Democracia
como sistema de gobierno. Decimos esto porque, como
ya hemos visto, la participación de los ciudadanos
de ambos sexos en las decisiones públicas ya había
existido en algunas culturas que, sin embargo,
cuando estas desaparecían inexorablemente se
instauraba un estatus inferior de la mujer respecto
al varón. Esta última afirmación es plenamente
aceptable respecto a Asía, donde en China, Japón o
en India, por poner tres ejemplos, esta concepción
perdura actualmente. Respecto al continente
africano, tanto en su parte musulmana como en el
resto, la mujer, en bastantes ámbitos
socio-culturales, se acerca más al concepto de
mercancía que de persona.
En
América del Norte se implantaron, con un ritmo algo
diferente al europeo, las ideas de la Igualdad de
Sexos. Destaquemos, aunque sea sólo desde un punto
de vista gramatical, que en La Declaración de
Independencia de los Estados Unidos (1776) no
contiene, ni una sola vez, la palabra “mujer”,
aunque, curiosamente habla de “…tomar entre las
naciones de la tierra el puesto separado e igual al
que las leyes de la naturaleza y del Dios de esa
naturaleza le dan derecho, un justo respeto al
juicio de la Humanidad exige que declare las causas
que lo impulsan a la separación…”.
Resulta algo contradictorio que las “Leyes de la
naturaleza y del Dios de esa naturaleza” afecten
a algo tan artificial como son los Estados y
excluyan a lo que, verdaderamente, es lo natural; la
diferencia de sexos. Pero, a día de hoy, la igualdad
y la no discriminación de la mujer, en Norteamérica,
está bastante asentada en la conciencia ciudadana y
personal, ante todo después del impacto social de la
obra de Sally McMillen
“Seneca Falls and the Origins of the Woman’s
Right’s Movement” (1990). Cuestión diferente es
la de América del Sur, donde impera la religión
católica y donde la mujer está, claramente,
discriminada, en cuanto al ejercicio de sus derechos
como persona, dependiendo del padre o del marido,
según la edad, sin que, el convulso siglo XX haya
abierto puerta alguna a los Derechos de la Mujer.
Retornando a Europa, hay
que destacar que, con la Reina Isabel Iª de
Inglaterra, ya en 1558, se produjo un impulso
efectivo y real de las ideas igualitarias entre
sexos. Siglos después, la discriminación por razón
de sexo mantenía un discurso cada vez menos
convincente pero de inexorable aplicación sobre todo
si atendemos a que Mary Wollstonecraft, en la
segunda mitad del siglo XVIII, ya argumentaba que la
razón de una situación social de inferioridad de la
mujer tan solo está basaba en la equivocada creencia
en la superioridad de los varones y decía que:
“…parece que los varones, en general, prefieren
utilizar la razón más para justificar los prejuicios
que han asimilado, sin saber muy bien por qué…”.
Como ya hemos dicho, hay que reconocer que la obra
de Mary Wollstonecraft no concitó ningún gran
entusiasmo y, más bien, le sirvió para que la
llamasen, por ejemplo, “hiena con faldas”.
Repito que una cosa
eran las teorías y otra la realidad. Así sucedió
que, con la llegada de la “Revolución Francesa” y
del “Liberalismo”, las mentalidades sexistas no
cambiaban con igual cadencia que se estaba
produciendo las reformas políticas. Curiosamente, a
la “Déclaration des Droits de l'Homme et du Citoyen”
(1789) de la Revolución Francesa,
siguió, en 1791, la “Déclaration des Droits de la
Femme et de la Citoyenne” en la que reclamaba la
emancipación de las mujeres y que fue redactada por
Marie Gouze, más conocida como Olympe de Gouges
(1748-1793) a la que más adelante nos referiremos.
En definitiva, resulta evidente que las concepciones
patriarcales o, mejor dicho, las creencias relativas
a la inferioridad del sexo femenino, se conservaron
intactas en la mayoría de los ciudadanos, aunque el
Poder Político y Social se fundamentase en criterios
democráticos, en los cuales se declaraba la igualdad
de derechos entre ambos sexos.
Décadas después, Hegel[10]
(1770-1831) escribe la “Filosofía del Derecho”,
en 1821, dejando bastante claro que la abolición de
los poderes basados en las estirpes es necesaria ya
que pueden “apoderarse del Estado”, pero,
además, él es el primer pensador, de gran
influencia, que sostiene que;
A)
no es
adecuado concebir el matrimonio como un contrato, lo
que, sin embargo, no impide que, al mismo tiempo
sostenga
B)
que la
familia es la garantía del orden social.
En
efecto, Hegel fue el primero en difundir, con una
impecable coherencia de ideas, una concepción social
basada en el equilibrio de sexos y, en su texto
“Fenomenología del Espíritu” (1807) explica la
razón de que los sexos, que son realidades del mundo
natural, en la especie humana, estén reglamentados,
adjudicando mediante esta “reglamentación” de lo
natural un arbitrario destino distinto para mujeres
y varones, que, al igual que hemos adelantado con
Rousseau, sólo concebía que:
a)
el destino
de las mujeres es la Familia,
b)
el destino
de los varones es el Estado.
Reconozcamos que algo se avanzó porque con Hegel,
aunque cada sexo tiene un destino, ello ya no tiene
su origen en la biología, sino que se fundamenta en
una convención social que delimita las esferas
separadas femenina y masculina; es decir, por fin,
se consolida la idea de que la pertenencia a uno u
otro sexo es, simplemente, una cuestión biológica y,
por lo tanto, es el carácter patriarcal de la
sociedad el que impone, para cada uno, una función y
una valoración social diferenciada. La idea era
innovadora, aunque no olvidemos que, ciertamente,
reproducía lo que en 1790 de Mary
Wollstonecraft, ya sostenía con mayor contundencia.
Sin embargo, las teorías de Hegel no son,
especialmente, feministas porque, tal y como hiciera
Rousseau, son los varones lo que tienen un destino
público, mientras que para las mujeres nunca se
planteó, seriamente, la posibilidad de que fueran
actrices principales de la convivencia social; pero,
repetimos que ya no lo hace, distanciándose
básicamente del pensamiento rousseauniano, en base a
una concepción sexista ni biológica, sino en la
premisa de la existencia de un convenio o costumbre
social. Este enfoque representaba cierta innovación,
ahora publicitada y difundida, pero la difícil
lectura de Hegel, así como su enciclopédica obra,
impidió que, uno de sus seguidores, apellidado Marx,
no entendiera esto.
Saliendo un momento del discurso filosófico
masculino, recordemos que, en aquella época, los
incipientes “Movimientos Feministas y
Sufragistas” estaban dirigidos por mujeres de
procedencia burguesa. Pese a que casi todos los
planteamientos feministas eran interclasistas, las
ideas de la igualdad de los derechos de ambos sexos
nunca consiguió movilizar a las mujeres trabajadoras
y ello se tradujo en un patente desinterés por algo
tan confuso y poco realista como, por entonces, era
la “Liberación de la Mujer”. Algo más grave es que
los primeros ideólogos del movimiento obrero
alimentaran unos criterios tan incoherentes como
inaceptables respecto a los derechos femeninos.
Ferdinand Lasalle (1825-1864) mantenía,
rotundamente, que una mujer igual en derechos a un
hombre significaría “…el fin de la institución
del matrimonio, la muerte del amor y la ruina de la
raza humana…”. Para Pierre-Joseph Proudhon
(1809-1864) incluso las cosas estaban, todavía, más
claras: “…no hay otra alternativa para las
mujeres que la de ser amas de casa o furcias…”.
Con escasa convicción y con menos resultados Karl
Marx (1818-1883), Friedrich Engels (1820-1895) y
August Bebel (1840-1913) abordaron, de forma casi
incidental, “la cuestión de la mujer” como,
literalmente, decía Karl Marx para referirse a la
“liberación de la mujer”[11].
Engels en su libro “El origen de la familia, la
propiedad privada y el Estado” (1884) equiparaba
la dominación de clase con la dominación de la mujer
por el hombre. Sin embargo para él, como para Marx,
la emancipación de la mujer no se constituía como un
objetivo prioritario ni principal y consideraban que
sólo se haría realidad tras una revolución
socialista que liquidara el capitalismo. En
consecuencia, la lucha de las mujeres debía
subordinarse o, como mucho ir unida, a la lucha de
clases. Por su parte, los fundadores del socialismo
científico entendían que la base fundamental de la
emancipación femenina era su independencia económica
frente al hombre, valorando esto, sutilmente, como
una “conquista”, pero nunca como un Derecho
Fundamental.
Para concluir estas líneas puedo afirmar que, desde
Hegel hasta nuestros días, de manera tan escueta
como real, se puede afirmar que;
a)
las
mujeres ya aparecen como seres con capacidad
jurídica y son sujetos de derecho,
b)
se
consolidan, teórica y legalmente, los conceptos de
la igualdad y de la no discriminación por razón de
sexo,
c)
se produce
cierto auge, intermitente, disperso, confuso y más
reivindicativo que científico de las ideas
feministas.
RAMÓN MACIÁ GÓMEZ
Magistrado Jubilado
14 de Enero de 2010
themis@ramonmacia.com
Resulta desoladora
la mitología
griega que, literalmente, está sembrada de
episodios en que los dioses son violentos y
agresivos hacia las mujeres, a las que, con
habitualidad, raptan y violan. Son pocas son las
ninfas o las mortales que pueden escapar del
acoso de Zeus y de las exigencias sexuales de
los demás dioses. Como excepción, se narra el
caso de Dafne, una ninfa que, queriendo escapar
del dios Apolo, se trasforma en laurel y gracias
a ello evita ser violada. Resulta interesante la
lectura de, “…The Lot of the Hellenic Women…”
editado por la Universidad de Fordham.
Con mucha facilidad se podrían transcribir
infinidad
de citas degradantes de la condición de mujer
contenidas en la Biblia; solamente
reproduciremos lo que consta en Corintios, 11-
3, 7, 8 y 9, que dice que:
“…quiero que sepáis que Cristo
es cabeza de todo varón, y el varón es cabeza de
la mujer… …porque el varón no debe cubrirse la
cabeza, porque él es imagen y gloria de Dios;
pero la mujer es gloria del varón… …porque el
varón no procede de la mujer, sino la mujer del
varón, y tampoco el varón fue creado por causa
de la mujer, sino la mujer por causa del
varón…". Para Aristóteles; “…la mujer es
un “varón mutilado”. Su alma era inferior a la
del varón, como lo era también la de los
animales...”. Sobran los comentarios y queda
la duda sobre si tuvieron madre los que
escribieran estos dislates.
Georg Wilhelm Friedrich Hegel, 1770 -
1831, es célebre como un filósofo alemán muy
oscuro, pero muy original y, en todo caso, en la
historia de la filosofía es considerado por la
Historia Clásica de la Filosofía como el
representante del idealismo filosófico.
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