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OBAMA, LAS GUERRAS JUSTAS Y LOS DERECHOS HUMANOS
 

Manuel Dios Diz



Obama, en su discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz, en Oslo, resucitó el viejo proverbio latino, atribuido a Flavio, “sí bis pacem, para belum”, sí quieres la paz, prepara la guerra, un dicho especialmente perverso, millones de veces repetido, que cumplimos –inexorablemente- durante siglos. Y hacemos aquello para lo que estamos preparados...

Pero ya va siendo hora de que hagamos realidad un pensamiento alternativo, un objetivo que reclamamos desde el movimiento de Educación para la Paz y que hizo popular Federico Mayor Zaragoza parafraseando el anterior: “Si vis pacem, para pacem”, Si quieres la paz, prepara la paz, ayuda a construirla cada día, contigo mismo (autopacificación crítica) y con los demás, reivindicando que la guerra sea, finalmente, declarada ilegal, como método para abordar los conflictos, porque abolir la guerra debiera ser un imperativo ético y moral de las personas decentes del siglo XXI.

Hubo en el pasado Ministerios de la Guerra, luego se transformaron en Ministerios de Defensa, y habrá, sin duda, Ministerios de Paz. Al igual que acabaremos creando un organismo internacional de Gobernanza Planetaria, unas Naciones Unidas -profundamente reformadas-, con legitimidad, medios y capacidad para intervenir, incluso con la fuerza sí fuese necesario, ante catástrofes humanitarias, genocidios, enfrentamientos bélicos y situaciones que vulneren inequívocamente los Derechos Humanos. Esto, lo sabemos, tiene muy poco que ver con la realidad actual. Las actuaciones unilaterales de los Estados, llamen como se llamen, por muy poderosos que sean, la invasión violenta y la ocupación militar de un territorio para imponer sus criterios e intereses por la fuerza, ese concepto de guerra, preventiva, justa o santa, da igual como se califique, será cada día, menos aceptado por la ciudadanía global, y en eso confiamos.

No descubre nada nuevo Obama cuando resucita el término de guerra justa, ya empleado por Tomás de Aquino en el s. XIII. Todas las guerras son consideradas “justas” por sus promotores, llámense Bush, Obama o Bin Laden. Esta es una evidencia histórica. Incluso el bombardeo nuclear de Hiroshima y Nagasaki fue aceptado como “útil”. Conviene leer el magnífico poema del norteamericano Sam Keen, sobre la creación del enemigo, el “Homo hostilis”. En los versos finales afirma:

“...cuando tengas terminado el retrato del tu enemigo,
podrás matarlo y despedazarlo
sin sentirr vergüenza ni culpa alguna.
Porque entonces lo que destruirás
se habrá convertido en un enemigo de Dios,
en un obstáculo para la sagrada dialéctica de la historia”

Muy poco tiene que ver el discurso del mandatario norteamericano en Oslo con el pronunciado hace meses en el Castillo de Praga, donde se comprometió la abanderar el desarme nuclear. O con el que lanzó en el Cairo en relación con el Islam. Aquellas fueron declaraciones estratégicas, como el anuncio del cierre de Guantánamo (aún pendiente) o la retirada de Iraq, un conflicto que sabe imposible de ganar. Estos anuncios, el cambio radical en la política internacional en relación con Bush, fueron los que quiso recompensar en Oslo el Comité Nobel, un camino para hacer entre todos, conjuntamente, sobre la base del multilateralismo, el diálogo y la negociación, alianza frente a choque de ignorancias (que no de civilizaciones), y con los derechos humanos en el horizonte.

José Antonio Marina explica, en su magnífica obra filosófica y pedagógica, que la gran construcción humana no es, contra lo que podría parecer, la alta tecnología alcanzada en los últimos siglos (particularmente para la muerte), los enormes avances médicos y científicos, o la gran capacidad humana para escudriñar en el espacio exterior, nada de eso. La gran construcción de la Humanidad es la plasmación y reglamentación, en códigos ético jurídicos, de nuestra convivencia pacifica y que tiene, precisamente, en los Derechos Humanos, una de sus máximas expresiones universales.

Por eso sorprende el grado de desconocimiento, incluso en ámbitos académicos, de la Declaración Universal de 1948, a pesar de los grandes esfuerzos realizados por entidades de la sociedad civil que dedicamos tiempo y recursos, desde hace años, a la Educación para los Derechos Humanos. Fue, sin duda, como consecuencia de los insistentes llamamientos a incorporar estas enseñanzas en el currículum escolar que, en la actualidad, tengamos Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos impartiéndose -con total normalidad- en los colegios e institutos, siguiendo el ejemplo de otros países del nuestro entorno y aplicando -por fin- las recomendaciones de la ONU, de la UNESCO y del Consejo de Europa, con casi diez años de retraso...

Con todo, la ciudadanía, los intelectuales, las universidades, los medios de comunicación, hacen aún esfuerzos insuficientes por contribuir a la visibilización en la sociedad de los Derechos Humanos. Incluso en su día, el 10 de Diciembre de cada año (venimos de comprobarlo con tristeza una vez más), son escasísimas las referencias en la opinión publicada, al texto de 1948 y a su significado.

Y conviene releer, de vez en cuando, su Preámbulo y los 30 artículos que conforman ese texto extraordinario, obra de personalidades excepcionales. La introducción no articulada resulta de una lectura muy saludable, especialmente, en tiempos de incertidumbre y confusión, porque ayuda a levantar el ánimo, mejora nuestra autoestima como especie y nos hace confiar en la enorme capacidad de las personas para hacer el bien.

Identifica inequívocamente, por ejemplo, la libertad, la justicia, y la paz, sobre la base de la dignidad humana, como derechos iguales e inalienables para todos y cada uno de los seres humanos, con independencia de su raza o color, creencia, sexo, procedencia social o lugar de nacimiento.

Reconoce que fue el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos lo que originó actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad y declara como aspiración más elevada de las personas el advenimiento de un mundo en el que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de libertad de palabra y de creencias.

Y considera objetivos irrenunciables la plena igualdad de derechos entre hombres y mujeres, el progreso social, elevar el nivel de vida, la cooperación entre los pueblos… destacando la enseñanza y la educación como los mejores instrumentos para su promoción.

Ese magnífico texto, tan vulnerado, exige de todos nosotros un compromiso diario y permanente por hacerlo realidad. De no ser así, acabará en el Museo del Louvre, o en cualquier otro, como las 282 Leyes del Código de Hammurabi en Babilonia y tantos otros que lo precedieron...
 


Manuel Dios Diz
es maestro, licenciado en Geografía e Historia por la USC. Preside el Seminario Gallego de Educación para la Paz y dirige la Fundación Cultura de Paz en Galicia.


 

 

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