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BREVE ANÁLISIS CRÍTICO DEL PENSAMIENTO FEMINISTA.

 

Iº.- EL PENSAMIENTO FEMINISTA. INTRODUCCIÓN.

Entendemos por “Pensamiento Feminista”, “Feminismo” o “Movimiento Feminista” el conjunto aspectos filosóficos, sociales, políticos y familiares cuyo último fin se sitúa en una efectiva igualdad de los valores, derechos y expectativas de las mujeres y de los hombres. Desgraciadamente, como veremos en estas líneas, es tal la variedad y heterogeneidad de estas teorías y prácticas que, a la hora de analizarlas, acaba resultando preferible hablar de “diversos feminismos”. Todos ellos pueden tener como únicos puntos comunes la crítica a la desigualdad social de las mujeres frente a los varones y la exigencia de la supresión de las configuraciones sociales de inferioridad de la mujer en relación al varón. Pese a que en estas líneas se va a hacer un análisis histórico pormenorizado, el feminismo, ya como movimiento social, ha sido visibilizado tan sólo desde finales del siglo XIX, cuando se conciben, claramente, las desigualdades de derechos relacionadas con la identidad sexual y ello pone en marcha una búsqueda del equilibrio de los dos sexos. Existen infinidad de formas del feminismo, como teoría, como práctica, como conciencia, como movimiento social… Simplemente, aquí y por comodidad, vamos a catalogar dentro del pensamiento feminista las siguientes categorías;

a)     la del mundo antiguo y de la Edad Media,

b)    la que tiene lugar tras las revoluciones burguesas,

c)     el feminismo marxista y la renovación del feminismo europeo,

d)    el feminismo en Norteamérica y

e)     el nuevo feminismo radical en Europa.

 

IIº.- EL FEMINISMO EN EL MUNDO ANTIGUO Y LA EDAD MEDIA.

En las sociedades del Mundo Antiguo existen datos fiables relacionados con la existencia de “Sociedades Matriarcales”, tal es el caso de las “Amazonas”, referido a comunidades de mujeres que se organizaban con independencia y sin sometimiento a los varones. Las Amazonas, cuyo nombre es de origen griego, aparecen en la mitología clásica como antiguas naciones formadas por mujeres guerreras que eran respetadas por la posesión y el uso de armas. Además, la investigadora Jeaninne Davis-Kimball, arqueóloga especializada en el sur de Asía, encontró, en lo que hoy es Rusia, varias sepulturas de mujeres que guardaban armas y presentaban heridas causadas por el uso de las mismas; dicho descubrimiento se publicó, en 1997, en la revista New Scientist. En esas sociedades los papeles y roles estaban prescritos y se configuraba en un esquema en el que destaca:

a)     el predominio de la mujer y

b)    la inexistencia de la familia tradicional o patriarcal.

La historia conocida y acreditada de las mujeres guerreras o Amazonas tiene su remoto origen en la batalla de Termodonte (450 ac) cuando los griegos salieron victoriosos de la misma contra unas mujeres que fueron hechas prisioneras y llevadas en los navíos de los vencedores, pero, en alta mar, ellas se sublevaron y diezmaron a los hombres. El historiador griego Herodoto (484 ac-425 ac) las situaba en la región de Ponto (actual Turquía) y, en el relato de la Guerra de Troya (siglos XIV a XI ac), se cita a Pentesilea y su hermana Hipólita junto con Antianira (“la que lucha como varón”) como reina de las amazonas. Mucho más tarde, en el siglo XVI, el fraile Fray João dos Santos habla de una región de Mozambique “…de mujeres tan varoniles y robustas, que suelen andar con las armas en las manos, tanto en la caza de las fieras y animales silvestres, como en las guerras, que se le presentan, donde muestran esfuerzo y ánimo más propios de hombres belicosos que de mujeres débiles...” y, por la misma época, el explorador español Francisco de Orellana afirma que luchó en el río Marañón, de Sudamérica, con mujeres guerreras que le disparaba dardos de cerbatanas y flechas. En el siglo XVIII, Monsieur de la Condomine constata que en las riberas del río Amazonas, existen “mujeres sin marido o mujeres excelentes” de carácter belicoso. No obstante y a pesar de que se constata fehacientemente su existencia, en casi todo el planeta, queda mucho por saber de las Amazonas y del matriarcado.

Aparte de las “Amazonas”, otros ejemplos de “feminismo” en la época clásica, podrían ser;

a)     En el antiguo Egipto aparentemente, las mujeres tenían similares derechos económicos y legales que los hombres y, llegaban a ser vistas como heroínas en la cultura egipcia, según opinión de Meter Piccione, profesor de la Northwestern University. A la mente nos viene los nombres de Cleopatra (69ac-30ac), la médica Peseshet (sobre el 2500 ac), divinidades como Isis, Heket, Hathor o el hecho de que algunos faraones ptolemaicos acostumbraran a desposarse con sus hermanas y otros muchos gobernaran, conjuntamente, con sus esposas; además, se sabe con certeza, que el divorcio era una institución regulada y corriente en el Imperio Egipcio.

b)    En sentido inverso, no hay ninguna duda de la desigualdad entre hombres y mujeres en la milenaria China donde el valor de uno y otro sexo era, y es, abismal; para acreditar esto, bastará con reproducir el inicio de un antiguo poema chino que dice; “… ¡Qué triste es ser una mujer! / Nada en la tierra es considerado de menor valor...”.

c)     Safo de Lesbos (650 ac-580 ac) lo más posible es que fuera una maestra de mujeres, enseñándolas artes y letras y el hecho de que mantuviera además relaciones sentimentales con alguna discípula le ha asignado la condición de pionera del amor entre mujeres y de ella procede el nombre de esa opción sexual; el lesbianismo… pero nadie sabe sobre de sus vindicaciones como mujer

d)    El caso de Jantipa no es muy conocido, pese a que aparece los “Diálogos” de Platón (428 ac-347 ac) como una mujer “insumisa y de mal carácter” y como una esposa en persistente actitud de rebeldía hacia su estatus, que tanto Sócrates, su marido, como la sociedad griega le asignaban, tan sólo por su condición de mujer.

En el sigo Iº ac y el siglo Vº dc., en la cultura romana occidental, las ciudades eran lugares en donde sus habitantes tenían el derecho de participar en las actividades políticas en pie de igualdad. Este estatus de ciudadano exclusivamente lo detentaban aquellos que poseían un patrimonio doméstico, es decir, el derecho de disponer sobre esclavos, mujeres y bienes materiales. Significa esto que la mujer, durante toda su vida, se hallaba bajo la “potestas” del varón; primero su padre y más tarde su esposo. O, dicho en otros términos, la mujer nunca era ciudadana y, consecuentemente, quedaba descartada para participar en cualquier actividad pública, que se constituía en ámbito, exclusivamente, masculino. Muy similares concepciones dominaron la estructura del Imperio Bizantino, prolongación del Imperio Romano en su territorio más oriental y que perduró hasta el siglo XV de nuestra era.

Con el final del Imperio Romano Occidental (siglo Vº) mediante el régimen feudal, en la actual Europa, se reforzaron los aspectos sexistas discriminatorios de la sociedad romana. El sistema social conocido como feudalismo ya se asienta, claramente, en el patriarcado y éste se fortalece de forma decisiva, cuando las organizaciones sociales más poderosas, como la Iglesia Católica, las Monarquías o los Ejércitos, cohesionan sus fuerzas para intervenir en la organización social y, sobra decir que, todas ellas, eran descaradamente masculinas y que esto se traduce en una autoridad inquebrantable ejercitada por los varones reconocidos socialmente en la comunidad como cabeza de una o varias estirpes nobles, máximos mandos militares o dirigentes de creencias religiosas.

Por todo lo expuesto resulta que, en general, desde la prehistoria tanto la mujer como el hombre han asumido papeles sociales diferenciados:

a)     en las más antiguas sociedades, las mujeres casi siempre eran las que recogían los productos vegetales y agrícolas, mientras que los hombres suministraban la carne mediante la caza de animales. A causa de su conocimiento del mundo vegetal, se ha de suponer que ellas fueron las que, inicialmente, adquirieron los conocimientos sobre cuidados médicos, sobre los ungüentos y los “hechizos”.

b)    En la llamada Edad Media, la conducta femenina venía pautada para cada momento y situación de la vida de la mujer; siempre la edad corresponde a un estado civil y a una función de acuerdo a ella; o es hija o es esposa. Hasta entrado el siglo XVIII no hay modificación esencial alguna

 

IIIº.- EL FEMINISMO, LAS REVOLUCIONES BURGUESAS Y EL LIBERALISMO.

A partir del siglo XVIII las mujeres alcanzaron algo de protagonismo social fuera del hogar y con cierta participación activa en el desarrollo de los movimientos sociales y culturales de la época, si bien fue un proceso cuya gestación duraría más de 300 años. Ya antes de la Ilustración destacan obras clave como “Sobre la igualdad de Sexos” (1673) de François Poulain de la Barre (1647-1723) escritor francés y precursor de los movimientos de hombres pro-feministas. que, más por su forma que por su contenido, podría ser considerada como la primera obra explícitamente feminista ya que, directamente, propone la necesidad de una igualdad de sexos como premisa para una sociedad igualitaria, establece que hombre y mujeres nacen libres e iguales y por tanto tienen todos los mismos derechos.

Sin embargo, lo más relevante es que, a finales del siglo XVIII, las mujeres se organizan y reivindican su identidad, redactan sus propias peticiones sociales y políticas y se consideran oprimidas por su condición de mujeres. Así, se van formando decenas de colectivos de mujeres y centros de reunión social feministas, cuya máxima expresión tiene lugar con la redacción de la “Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana” (1791) de Olympe de Gouges en la que se denunciaba el modelo social vigente donde el hombre; “…en la ignorancia mas crasa, quiere mandar como un déspota sobre un sexo que recibió todas las facultades intelectuales…”. Un año más tarde vería la luz el libro “Vindicación de los derechos de la mujer” (1792) de Mary Wollstonecraft. Con las ideas de estos y otros textos se cimentaron algunas plataformas que darían lugar a las campañas de igualdad político-social en las décadas posteriores.

Por otra parte, no olvidemos la importante incidencia social del “Movimiento Sufragista”, situado entre los siglos XIX-XX que, en el fondo, constituiría la corriente de pensamiento más vindicativa y organizada en el “Movimiento Feminista” si bien incidió, principalmente, en el aspecto del voto femenino. Junto al Feminismo vinculado al Sufragio Universal Femenino surgen grupos de mujeres que empiezan a organizarse en corrientes de opinión no sólo feministas sino que, también, interclasistas; considerando que la opresión de la mujer es un aspecto reivindicativo relacionado con la “lucha de clases” que propulsaba la naciente ideología marxista, sobre la idea de que la opresión de la mujer no distingue de clases sociales. En él, apelan a la ley natural y a la razón como fundamentos para la igualdad social de las mujeres contra todo prejuicio y tradición.

Esta incidencia de un feminismo interclasista resultará ambiguo ya que, erráticamente, viene a considerar que todas las mujeres están oprimidas por el patriarcado y por su condición sexual e, incurriendo en cierto desencuentro ideológico, también por una estructura capitalista de la Sociedad decimonónica. No olvidemos que, hacia el siglo XIX, las funciones sociales tradicionales de las mujeres de las clases medias se limitaban a las tareas domésticas, sin acceso a un puesto de trabajo remunerado y, por el contrario, para las mujeres de clases sociales bajas el trabajo era un codiciado objetivo.

 

IVº.- EL FEMINISMO MARXISTA Y EL NUEVO FEMINISMO EUROPEO.

Desde una línea muy próxima a la descrita surgen diferentes corrientes del movimiento obrero que incluyen las reivindicaciones feministas como parte de su ideario político y, desde entonces, una gran cantidad de militantes feministas saldrán de los diferentes Partidos Comunistas y Socialistas. Sin embargo, resulta más que interesante constatar que los primeros ideólogos del movimiento obrero alimentaran unos criterios tan incoherentes como inaceptables respecto a los derechos femeninos. Ferdinand Lasalle (1825-1864) mantenía, rotundamente, que una mujer igual en derechos a un hombre significaría “…el fin de la institución del matrimonio, la muerte del amor y la ruina de la raza humana…”; para Pierre-Joseph Proudhon (1809-1864) incluso las cosas estaban, todavía, más claras: “…no hay otra alternativa para las mujeres que la de ser amas de casa o furcias…”. Con escasa convicción y con menos resultados Karl Marx (1818-1883), Friedrich Engels (1820-1895) y August Bebel (1840-1913) abordaron, de forma casi incidental, “la cuestión de la mujer” como, literalmente, decía Karl Marx para referirse a la “liberación de la mujer”. Engels en su libro “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado” (1884) equiparaba la dominación de clase con la dominación de la mujer por el hombre. Sin embargo para él, como para Marx, la emancipación de la mujer no se constituía como un objetivo prioritario ni principal y consideraban que sólo se haría realidad tras una revolución socialista que liquidara el capitalismo. En consecuencia, la lucha de las mujeres debía subordinarse o, como mucho ir unida, a la lucha de clases. Por su parte, los fundadores del socialismo científico entendían que la base fundamental de la emancipación femenina era su independencia económica frente al hombre, valorando esto, sutilmente, como una “conquista”, pero nunca como un Derecho Fundamental.

El primitivo feminismo marxista se fundamenta en los confusos ideales igualitarios e integradores de Saint Simón, Owen, Engels, Marx, Bakunín… pero, sobre todo, en las ideas de Auguste Bebel (1840-1913) que, con su libro “La mujer y el socialismo” sí que efectúa la inclusión de las reivindicaciones femeninas como elemento destacado del marxismo. Sin embargo, las bases de esta concepción feminista del marxismo darán sus frutos cuando la militante socialista alemana Clara Zetkin (1857-1933), directora de la revista “Igualdad” organiza una cumbre, en 1907, de militantes feministas mundial, bajo el nombre de la “Conferencia Internacional de Mujeres”.

En cierto modo, el pensamiento marxista, desgraciadamente, va a provocar que las ideas feministas tengan dos vertientes, dos frentes abiertos; el burgués y el obrero, poco comunicados pero con similares objetivos. La situación para la efectiva consolidación de la Igualdad de Sexos y la Liberación de la Mujer, desde una u otra opción, era óptima, pero, desgraciadamente, el feminismo sufre un periodo, no de recesión, pero sí de cierta paralización o estancamiento; a partir de la Primera Guerra Mundial y con las guerras que castigan al Mundo Occidental, durante casi 40 años seguidos, ocurrió que la cuestión del feminismo, tan errónea como desgraciadamente, pasara a un segundo plano. En definitiva, lo conseguido hasta entonces, como el logro del derecho a voto, la aparente igualdad de derechos sociales de mujeres y hombre y la organización de movimientos feministas en todo el mundo se desaceleran, estancan o se difuminan.

A mediados de los años 60 del siglo XX se reactivarán de nuevo las reivindicaciones de la Mujer, ahora con cierto acento radical; en ese momento aparece una figura clave del feminismo internacional; Simone de Beauvoir (1908-1986) nacida en una familia burguesa parisina licenciada en filosofía por la Sorbona. Beauvoir, muy prolífica escritora, se interesa específicamente por la cuestión del feminismo y de los derechos de la mujer que, para ella, aun no habían trascendido a la realidad; esta es la tesis que mantiene en su obra más célebre, “El segundo sexo” escrita en 1949. En él se estudia la historia de la mujer, la situación en que se encuentra y las estrategias que les pueden proporcionar sus legítimos derechos. Este libro va a ser una de las obras filosóficas más importantes del siglo XX y que será el punto de partida de un nuevo feminismo combativo. Para Beauvoir el estereotipo de “mujer” (coqueta, frívola, caprichosa, tonta...), que se da en la sociedad actual, es consecuencia de una construcción cultural que tiene sus raíces en el patriarcado y que se ha consolidado a lo largo de la historia. Sostiene que las mujeres nunca han disfrutado de una identidad propia y autónoma. En la segunda mitad del siglo XX el nuevo objetivo de las mujeres es alcanzar precisamente esa identidad propia acabando con las discriminaciones de toda sociedad patriarcal y configurando la categoría de mujer como elemento autónomo del conjunto social. Esta modificación del objetivo feminista es, evidentemente, fruto de su propia radicalización.

 

Vº.- EL FEMINISMO EN AMÉRICA.

Por otra parte, las ideas feministas arraigaron en América donde cobraron un amplio protagonismo, básicamente en Estados Unidos y Canadá. Como precedente de esto destaca la “Declaración de Séneca Falls” (1848) en Nueva York, considerado como un texto clave del movimiento feminista anglosajón. Todo ello se verá reforzado a través de los escritos del liberal John Stuart Mill (1806-1873) que escribe “La sujeción de las mujeres”, donde se defiende abiertamente el derecho de voto femenino en el Parlamento Británico. Todas estas campañas a favor del derecho a voto y la igualdad política obtendrán resultados tras decenios, en la mayoría de casos en el primer tercio del siglo XX donde ya la mayor parte de países aceptan y reconocen el derecho a voto de la mujer.

En paralelo a los procesos europeos, en los Estados Unidos de América fue fundada en 1966, por Betty Friedan (1921-2006) autora del magnífico texto “El feminismo místico”, en 1963, la “National Organization for Women” (NOW) una de las asociaciones más significativas de la Nación que cuenta con 500.000 miembros y cerca de 500 secciones en todo Estados Unidos. Durante los años 70, NOW será una de las principales promotoras de las campañas de igualdad de derechos que estimulan a muchas mujeres a “una completa participación en todos los aspectos de la sociedad americana, ejerciendo todos los privilegios y responsabilidades en colaboración con los hombres”. Por otro lado, establecen un posicionamiento “contra toda opresión, reconociendo que el racismo, sexismo y homofobia están interrelacionados, junto con otras formas de opresión como el clasismo, que junto con las anteriores buscan mantener el privilegio y el poder concentrados en manos de unos pocos”. Inicialmente se mantuvo en una línea moderada pero, lamentablemente, ya desde 1970, se van produciendo repetidas escisiones dentro de la NOW hacia posturas mucho más radicales y relacionadas directamente con los movimientos de la izquierda social, surgiendo, en la práctica, una oposición interna al movimiento mayoritario y liberal de NOW. Es destacable la lucha que NOW protagonizó en 1995 cuando la organización vota contra la Enmienda de Igualdad de Derechos al entender que la igualdad de derechos bajo esa ley queda garantizada. Como respuesta, NOW redacta su propio texto; la “Enmienda de Igualdad Constitucional” (CEA), reclamando el aborto, lesbianismo... de contenido mucho más radical. A pesar de ello, tal enmienda nunca llegó a ser tenida en cuenta. Tres de las más transcendentes feministas estadounidenses contemporáneas son Nancy Fraser y Judith Butler y Seyla Benhabib.

Por aquellos años surge, (y no sólo en Norteamérica), la llamada “Nueva Izquierda”, relacionada con los movimientos sociales en ese momento en auge, como el pacifismo o el movimiento estudiantil; recordemos que, al tiempo, tiene lugar el Mayo del 68 francés y la guerra de Vietnam americana. La línea común de todos ellos es su afirmación radical y contraria a todo uso reformista de la política como método para reivindicar sus postulados. Como una consecuencia de la Nueva Izquierda, dentro del feminismo, emergerá una nueva corriente feminista; “El Movimiento de Liberación de la Mujer” articulada de forma autónoma, y separada de los varones y del reformismo político. Desde entonces se diferenciarían las “feministas autenticas” enfrentadas a las “feministas políticas” de NOW que prefieren recurrir a los métodos del sistema establecido para la conquista de sus derechos.

El resultado es nefasto ya que “feministas auténticas” y “feministas políticas” centran sus esfuerzos, aproximadamente a partir del año 1975, en un estéril enfrentamiento por la dirección del movimiento feminista internacional. Para las “feministas políticas” el problema de la opresión de la mujer radica en el sistema capitalista, y por ello debían situarse siempre dentro de la izquierda política. Las “feministas no políticas”, por el contrario, rechazan esta unión con el socialismo o el comunismo y se constituyen como un movimiento autónomo propio y exclusivo de las mujeres de corte radical contra la dominación de los hombres. Estos duros e interminables debates caracterizaron el desarrollo del feminismo en la sociedad americana y europea entre los años 1970 y 1980 y, en definitiva, se estaban hundiendo todas las iniciativas de renovación feminista que habían surgido años antes. Al final el feminismo radical o, simplemente, el feminismo acabaría desarrollándose, de modo más trascendente, en los ambientes sociales políticamente más comprometidos, con una fundamentación a través de dos obras básicas, “Política sexual” de Kate Millet (1934) y “La dialéctica de la sexualidad” de Shulamith Firestone, (1945), ambas escritas en 1970. La lucha por la igualdad o por la liberación de la mujer se dislocará cuando surgen tendencias todavía más radicales dentro del feminismo, resaltando una desigualdad y rechazo a lo masculino animando asimismo el “affidamento” o el fomento de la superioridad y autoridad de la mujer en la sociedad, impulsando, incluso, el lesbianismo.

 

VIº.- EL FEMINISMO RADICAL EUROPEO.

Fruto de estas nuevas corrientes radicalizadas del feminismo americano es la aparición, en diversos puntos de Europa, de grupos como “Psychanalyse et Politique” en Francia, que lidera el feminismo radical francés al tiempo que critica, encolerizadamente, al feminismo moderado o al que, tan solo, fomenta la igualdad entre sexos, algo que estas feministas radicales consideran reformista y colaboracionista con la explotación de la mujer y que no evita, en lo más mínimo, la continuación de la dominación y opresión masculina. En idéntica línea, está el caso del feminismo radical italiano, cuya formulación se encuentra en manifiestos como “Rivolta femminile”“Escupamos sobre Hegel” ambos cercanos al grupo feminista italiano DEMAU (Demistificazione Autoritarismo Patriarcale) surgido en 1970. En realidad, las abiertas divisiones y los estériles debates internos acabaron por quitar importancia a algo esencial; la Igualdad de la Mujer en la Sociedad Actual.

Al final resulta que, lamentablemente, el primer “feminismo marxista” deviene en una corriente de la teoría feminista que defiende la abolición del capitalismo y la implantación del socialismo como el exclusivo camino de liberación de las mujeres y, por el contrario, el llamado “feminismo radical”, sostiene que la única forma para acabar con la opresión de la mujer es reemplazar el patriarcado por una estructura cultural basada en la igualdad de género. Lógicamente, embutidas en tales debates, las feministas van perdiendo su peso y su influencia en la sociedad. Y así hablamos de la primera, la segunda, la tercera… ola del feminismo. Como si éste no fuera un planteamiento común y universal para todas las mujeres. En los años 80, surgen nuevas tendencias dentro de este feminismo como es la creación en 1981 de la revista “Nouvelles Questions Feministes” por parte de Simone de Beauvoir que difunde las reflexiones teóricas de los movimientos feministas radicales de todo el mundo y se posiciona junto con los primeros movimientos de liberación de los años 70, cuyo espíritu recupera. La revista trabaja para eliminar la diferencia de sexos existente en la sociedad y contra el sistema patriarcal en pro de una sociedad igualitaria.

 

VIIº.- CONCLUSIONES.

Escuetamente, y de forma lamentable, hemos de deducir en que muy poco se ha avanzado del siglo XVIII al XXI, de forma efectiva y consecuente, en la modificación de la concepción de la estructura social patriarcal. A modo de conclusiones podemos hacer las siguientes puntualizaciones;

1º.- No cabe duda alguna del errático desarrollo del pensamiento feminista ya que, a diferencia de otros movimientos sociales o corrientes de opinión, nunca ha tenido una única o una predominante tendencia ni una protagonista que liderase su paso por la historia.

2º.- Es de destacar que dentro de los diferentes “pensamientos feministas” es muy difícil encontrar un mismo objetivo para la totalidad ya que se alcanzan diferencias tales como la igualdad laboral para algunas y como la separación de sexos y el lesbianismo como finalidad aceptable para otras.

3º.- Es lamentable tener que reconocer que, en demasiadas ocasiones, se ha planteado el “machismo”, la discriminación, la carencia de oportunidades, la falta de igualdad entre sexos como las causas de la actual situación de la mujer y que en pocos planteamientos se considere el Patriarcado como el auténtico origen de tal situación.

4º.- Por el contrario, hay que felicitarse en el sentido de que la “visibilización” de los planteamientos feministas y la precaria situación de los Derechos de la Mujer va a constituir, a muy corto plazo, la mejor herramienta capaz de eliminar la discriminación y el patriarcado como procesos o estructuras que impiden a las mujeres su pleno desarrollo como personas y ciudadanas.

 

 

RAMÓN MACIÁ GÓMEZ

Magistrado Jubilado

18 Enero de 2010

themis@ramonmacia.com

 

 

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