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GASTOS MILITARES VS.
GASTOS SOCIALES
Estamos inmersos en un debate
de enorme interés sobre las formas de reducir el
déficit público, en España y en toda Europa, algo
sobre lo que parece existir un acuerdo unánime, con
independencia de que tengamos valoraciones
diferentes sobre las causas de la crisis y las
responsabilidades atribuibles a cada cual, desde
luego, no en el mismo grado, como es obvio.
Cuando un gobierno, que se
define a sí mismo como progresista y
socialdemócrata, toma medidas drásticas para
recortar el gasto público, lo hace priorizando unas
acciones sobre otras, escoge y descarta, decide...,
y eso, se llama gobernar, aunque acierte o no en sus
objetivos.
Lo primero que llama la
atención, lo que sorprende e indigna, tiene que ver
con los destinatarios escogidos para pagar la
factura de unas políticas económicas, nacionales e
internacionales, guiadas por la codicia y el
despilfarro, por la especulación financiera. Los
mismos que tuvieron que ser rescatados con
cuantiosas cantidades de dinero público, son los que
ahora dictan las normas para rebajar los déficits,
muy incrementados precisamente por la sangría
provocada por semejante “rescate”. Y los paganos de
esta locura no van a ser ellos, sino los sufridos
pensionistas, el funcionariado, las inversiones
públicas previstas, o el gasto social. El
desequilibrio a la hora de pagar la factura de la
crisis resulta especialmente significativo.
Cualquiera puede aceptar apretarse el cinturón en
una situación de emergencia, si todos los sectores
sociales, empezando por los que más ganan y tienen,
deciden sacrificarse, en mayor o menor grado, según
sus ganancias. No parece que vaya ser el caso del
ahorro propuesto por Zapatero de aproximadamente
15.000 millones de euros.
La desregulamentación del
sistema financieiro internacional responde a un
modelo económico basado en el descontrol que
interesa, particularmente, a unos pocos actores
económicos que se benefician a manos llenas, que
incrementan sus riquezas por medio de la
especulación, hastael punto que tienen poder
suficiente como para plantarle un pulso a la
democracia representativa.
En cualquier caso, la
reducción del déficit público, nacional e
internacional, parece imprescindible. Sin embargo, a
la hora de escoger dónde usar el bisturí, existen
otras posibilidades.
Alguien podrá acusarnos de
utópicos, en el mejor de los casos, o de demagógicos,
en el peor, pero cuando insistimos en la idea de
reducir los intolerables gastos militares, a nivel
mundial y nacional, lo hacemos desde el
convencimiento de que una pequeña merma porcentual,
aliviaría notablemente el gasto público y liberaría
cuantiosos fondos para afrontar los grandes desafíos
de la humanidad en su conjunto y en cada país.
Pensemos por un momento que
en España, desde el año 2.000, es decir, diez años
continuados, el gasto militar no bajó nunca de
10.000 millones por año y desde el 2005 viene
superando los 15.000 millones de euros, la cifra
mágica propuesta por Zapatero. Para el presente año,
la cifra presupuestada asciende por encima de los
17.000 millones de euros.
La compra de nuevas armas, la
modernización y su mantenimiento, supone, en 2010,
nada menos que 1.223 millones de euros. Y
sinceramente, una fragata, un helicóptero Tigre, un
avión de combate de menos, no creo que nos deje
indefensos ante un hipotético “enemigo”. No hablemos
del pozo sin fondo que significa nuestra
participación en el proyecto interminable del
eurofigther.
Alguien podrá llamarnos
ilusos o irresponsables por hacer estas reflexiones
pero son muchas las personas de bien que las
comparten. Entre aviones, carros de combate o
fragatas, y pensionistas, jubilados, dependientes,
enfermos, o funcionarios, no tenemos dudas,
preferimos salir al rescate de la gente corriente.
Son opciones, efectivamente...
Aautor:
Manuel
Dios Diz
preside
el Seminario Galego de Educación para a Paz.
25 de mayo de
2010
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